Quince, sesenta o dos veintiocho

Cuarenta y nueve minutos en el sesenta, en el quince o en el 228, todos los días. Amo viajar en colectivo cuando está casi vacío y no hay demasiado rostros a los cuales temerle.

Los detesto cuando van llenos de almas envueltas en cuerpos imperfectos, y uno tiene que pasarse los cuarenta y nueve minutos devenidos en siglos aferrado a la barandilla amarilla, mirando por la ventana a través de los cuellos de los demás individuos.

El colectivo es una bala rumbo al tórax del mundo. Una bala que lo asesina en su distancia, que le da vida en su miscelánea historia.

El colectivo nos lleva a donde elegimos ir. Es un destino maleable que sale cada vez más caro, comandado por un dios de camisa celeste y anteojos negros, que se comporta como dios, que no le importa a dónde vamos. Sólo se le dio el poder de darnos vida, de llevarnos. ¿Qué culpa tiene él, que seguramente soñó con meterle un caño a alguien en Europa y recibir millones por ello?

El colectivo es una pausa en la eternidad. Uno olvida las penas mientras recibe al viento en la cara y escucha una canción vergonzosa. Tal vez algún desubicado llore por una pena en un sesenta dos. Pero es un llanto placentero, romántico, con aire en los pómulos anegados, y no causa dolor aunque el individuo crea que le duele, aunque la pena sea genuina. Pero arriba del colectivo todo es ensoñador, como dije, una pausa en la eternidad. Si vas sentado, claro. Si no todo es condenadamente igual que en la superficie, intensificado por los cuarenta y nueve siglos de viajar a través de la vida que te esperan.

El colectivo es la gira mundial de los que cargamos la sube, de los que añoramos una playa gris y un mar marrón una vez al año. En el colectivo, los sencillos somos las estrellas de nuestras películas independientes, de una sola cámara temblorosa; somos los protagonistas del videoclip, los que bailan de manera endemoniada y su baile se convierte en pandemia.

Ahora, el que inventó el subte es una especie de villano genio que no entendió el concepto de viajar, embriagado por las urgencias de la aldea. El subte arranca, vos te acomodas, pones la canción que te gusta, sacas el libro, lo abrís y ya llegaste. Bajas desconcertado en tu estación y te dirigís resignado a la escalera mecánica. La escalera mecánica se encuentra en perpetua reparación, así que subís por las verdaderas escaleras, doblemente resignado. Eso en un feriado, o en un sábado esporádico. Los días de semana demuestran que el renegado que ideó el subte tampoco entendía la evolución humana, no reconocía los logros que conseguimos como especie, las conclusiones sociales a las que llegamos a fuerza de humanidad. Llega un momento en el que los mil quinientos seres humanos que respiramos el aliento ajeno en cada vagón somos una sola persona con miles de brazos, tetas y mentones. Los pensamientos se transmiten de unos a otros, casi por telepatía, por amontonamiento. Pensamientos de mal, y no de bien.

Aunque tal vez el problema del subte no sea su creador, sino sus usuarios.

Por eso amo el colectivo por sobre el subte. Porque a pesar de depender, como todo, del horario y el tipo de jornada, te da ese hermoso espacio de tiempo, esa cápsula dentro de la vida donde uno puede olvidarse del mundo, a pesar de que vaya directo a incrustarse en su tórax. Eso sí, si no agarraste un Bondi lleno.

 

Juan Zirpolo

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