Entrevista con Leonardo Oyola: “Leer y escribir me hacen mejor persona”

“Lo más lindo sobre mis libros me lo dijeron en el Instituto de menores Agote”, explica el escritor Leonardo Oyola, sentado en un bar de Almagro con una cerveza sobre la mesa. “Un pibe que leyó ‘Kryptonita’ me contó que lo ayudó a ‘robarla’ un poco. En la jerga ellos le llaman así a pasar el tiempo. Yo empecé a leer de esa manera, viendo como podía ‘robarla’ cuando era chico”.

Oyola no sabía jugar al fútbol y eso en el barrio, en su Isidro Casanova natal, lo aislaba de sus amigos. Además, era la época de los cortes programados de luz del gobierno alfonsinista y un ejemplar de “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury, fue una oportunidad única para hacer pasar las horas.

Sin embargo, el libro que realmente le trastocó la existencia, el que le dio vuelta la vida, fue “La naranja mecánica” y su jerga ‘nasdat’, que le hacía acordar al modo en que hablaban él y sus amigos. Muchos años después y casi por casualidad llegó al taller literario del escritor Alberto Laiseca y desde entonces no dejó de escribir. Editó nueve novelas en seis años, entre las que resaltan “Chamamé” —premio Dashiell Hammett al mejor policial negro— y “Kryptonita” —elegida mejor libro de 2011 por la editorial Eterna Cadencia—, con un estilo personal, en el que junta géneros como el policial negro, el comic y la fantasía, con historias de barrios bajos.

 

¿Cómo llegaste al taller de Laiseca?

Gracias a un amigo que me insistió para que fuéramos. Yo lo agarré a Laiseca en un muy buen momento. Aprendí mucho. Él está muy pendiente de mí y le debo todo. Si estamos vos y yo sentados acá es por Alberto Laiseca.

 

¿Recomendás ir a talleres literarios?

Hay quienes pueden hacer grandes cosas siendo autodidactas. Pero esas personas se leyeron la vida, garabatearon muchas cosas y en un momento encontraron el camino solos. Sin embargo, siempre es necesario tener una formación y la primera, obviamente, es la lectura. Si sos tan soberbio como para decir: “No puedo aprender nada de nadie”, es difícil. El problema que tienen muchos talleres se da cuando el coordinador busca clones, en lugar de tipos que saquen su propia voz. Yo no soy un maestro de escritores, como lo son Laiseca o Pablo Ramos, por ejemplo. Pero si viene alguien con un proyecto le puedo enseñar lo que sé hacer. En estos casos estoy siempre con el pie en el freno, porque muchas veces te tentás de llevarlo hacia tu mundo, hacia lo que vos sentís más cómodo y quizás no es lo que necesita esa historia. Hay que saber ser muy delicado en un taller, porque lo peor que puede pasar es que le quites las ganas a alguien. Tenés que incentivar a escribir, porque habiendo tantas cosas para hacer, esa persona decidió volcarse a esto y está dejando muchos otros ítems de su vida de lado. Veo muy mal también cuando muchos colegas resentidos dicen: “¿Para qué vas a escribir?, ¿sabés lo que cuesta publicar?”. No, no hay que perder la fe. En el momento menos pensado un editor se puede interesar. No hay que tirar la toalla. Muchos hablan desde el romanticismo y dicen: “Yo sólo quiero escribir”. Pero llega un momento que tenés tres o cuatro manuscritos cajoneados y no está bueno.

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¿En algún momento sentiste que lo que estabas haciendo merecía ser publicado?
No tuve tiempo de pensarlo, pero me sentía muy bien escribiendo. Cuando terminé mi primera novela, “Siete y el tigre harapiento”, la mandé al Premio Clarín. No tenía demasiadas expectativas, pero quedó finalista. Obtuve una mención y esa noche fue muy importante porque se acercaron los jurados de preselección y me dijeron: “Vos tenés que dedicarte a escribir, Oyola”. Andrés Rivera, por ejemplo, me agarró la mano y me dijo: “Muy buena la reconstrucción histórica”. Yo no lo podía creer. Ese día me dije: “Tengo que darle a esto”. De hecho, enseguida empecé con la segunda novela. Tuve mucha suerte y la ayudé con trabajo. Con el libro que acabo de publicar, la novela infantil “Sopapo”, ya tengo nueve novelas publicadas en seis años. La otra vez me preguntaron si sabía cuál era el libro por el que me iban a recordar. Si me pongo a pensar en eso no escribo más. Me pierdo en otra cosa.

 

¿La pasas mal en algún momento de la escritura?

No me sucede. Me puede agarrar la rabieta típica que tenemos todos, de decir no me sale. Me pasó con la última y seguro que me va a pasar con la próxima. Pero no puedo decir que lo sufra. Leer y escribir me hacen mejor persona. Creo que soy un tipo feliz porque me dedico a esto. Ser escritor tiene sus cosas amargas, pero que van por fuera de lo que es el momento de intimidad con la escritura. Es fulero cuando se te atrasa un pago, pero eso es algo que le sucedió a los escritores toda la vida. Si ves los contratos de Arlt, que él mismo ha publicado, ya era así. Además, pasa en todo el mundo. En España el escritor cobra el ocho por ciento del libro y no el diez, como en Argentina. Hay que aceptar las reglas del juego, como en el fútbol. Sos jugador o sos hincha. Sos delantero, mediocampista, defensor o arquero. Tenés que aprender a moverte en el juego como viene. Yo creo que lo estoy entendiendo y que, dentro de mis posibilidades, acompaño los libros y trato de estar cerca del lector. El momento de la escritura lo disfruto y espero seguir así. Estoy teniendo una buena vida.

 

¿Qué es lo que te llevó a escribir dentro del género policial?

Cuando tenía veinte años compraba los saldos en la avenida Corrientes de Chandler, Hammett, Chase, MacCoy y los disfrutaba a rabiar. Los leía viajando en el tren y no eran los apuntes de la facultad. Me hablaban de Los Ángeles, de la década del 30, de otra realidad. Después más adelante enganché a Arlt, Oliverio Girondo, y otras cosas.
Cuando empecé en el taller con Laiseca no lo tenía tan claro como te lo voy a decir ahora, pero sabía que quería hacer ese género. Trataba de enmarcar las historias en el terror, la ciencia ficción o el policial. Los mejores resultados que tenía iban para el lado del policial.

 

Dijiste alguna vez que recién cuando viniste a Capital pudiste empezar a escribir sobre Isidro Casanova, ¿por qué?

Porque en su momento no lo podría haber articulado en palabras como lo estoy haciendo ahora. Me parece que estando allá escribiría desde el resentimiento y eso no está bueno. Creo que hay textos que lo pueden llegar a necesitar, pero si a largo aliento destilás rencor se vuelve venenoso. Desde acá lo puedo hacer sin juzgar. Si estuviera allá en seguida me masifico, quiero romper todo. Acá no tiene por qué ser así.

 

Hay una tendencia actual del periodismo a mirar hacia el Conurbano. ¿Te gusta el modo en que lo hacen?

Veo que hay una estigmatización. Hay programas hechos con calidad, como “Policías en acción”, y berretadas, como los programas de América 2 al estilo de “Cámara Testigo”. Los dos programas son sorete-consumición. El de América 2, al menos, es una cobra. Vos sabés que si te ponés delante de la cobra te va a morder. El otro lo venden de una manera distinta, con más edición, ritmo, más apto para todo público. En ambos casos están lucrando con la miseria. Todo eso está orientado al público que lo está mirando en su departamento y se horroriza o se caga de risa. ¿Por qué lo quieren mostrar?, ¿es noticia? Ni siquiera dan un servicio. Está claro que no buscan eso.

 

¿Investigás mucho para tus novelas?

 

Siempre investigo mucho y en un momento tiro el ancla, porque si no me puedo engolosinar demasiado en ese proceso. No me olvido de que escribo ficción y lo importante para mí es no perder el impulso. Ahora estoy trabajando en mi nueva novela. Ya investigué, tengo todas las anotaciones hechas, la canción que va a ser el índice y toda la historia. Se va a llamar “Ultratumba”. Transcurre dentro de una cárcel y se compone de varias historias corales. La primera es la de una pareja, que se está terminando ahí adentro, entre un dealer que está guardado y un guardacárceles que tiene su familia afuera. Quiero mezclar la novela con el universo zombi y hace rato que quería hacer algo sobre el paco. Es una droga que liquida muy rápido y da aspecto de zombi. Algunos adictos en la fase terminal sufren lo que le llaman “el impulso”. Se trata de un periodo de cuatro a seis horas en las que les agarra híper actividad. Después de haber estado tan sedados empiezan a correr, cagarse, mearse, etc. Eso da las características de las películas de zombies de Dany Boile o Schnaider, los zombies de ahora, los que corren. Sería una pelea entre pabellones. El que tiene a los ‘fiambres’, como les dicen en la jerga, que son enfermos de sida y paqueros, todos a la vez tienen “el impulso”, peleando contra otros dos pabellones, uno de los cuales quería armar un motín. Un combate a puertas cerradas al que se sumaría la policía.

 

Sebastián Pujol

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