Fidel renuncia, Fidel se queda. Rodolfo Walsh.

Nota escrita por Rodolfo Walsh en 1959, mientras trabaja en la agencia cubana Prensa Latina, y compilada en el libro “El violento oficio de escribir”.

Desde el propio escenario de los acontecimientos, un relato de la caída de Manuel Urrutia. Gobernó seis meses y diecisiete días. Lo derribó un discurso de tres horas y cuarenta y cinco minutos.

(La Habana, julio 20) Los habitantes de esta ciudad están acostum­brados, desde hace algún tiempo, a toda clase de versiones. El conflic­to con Trujillo, la marcha de la reforma agraria, la fuga del ex jefe de la fuerza aérea Díaz Lanz y su posterior aparición ante el Senado nor­teamericano, así como las posibilidades de invasión externa, son te­mas que provocan las más variadas ramificaciones del comentario. Cualquier cosa puede suceder.
Lo único que no podía suceder, aparentemente, era lo que anun­ciaba aquella madrugada del viernes 17 de julio, en titulares tipo ca­tástrofe, el diario Revolución. Decía simplemente: “Fidel renuncia”.
Tras la sorpresa vino la parálisis. Los sindicatos obreros anun­ciaron que suspenderían sus actividades. Fue necesario que dirigentes revolucionarios se dirigiesen a ellos por radio, recomendándoles tran­quilidad, para que el trabajo se reanudara, aunque en forma lenta e in­decisa. Una atmósfera tensa flotaba sobre la isla que desde el primer día de este año viene provocando tantas especulaciones en la opinión mundial.
Nadie sabía lo que pasaba. Fidel Castro había ocultado su deci­sión inclusive a sus colaboradores más inmediatos.
Después se anunció que Fidel hablaría por radio y televisión. A las once. Todos los receptores aguardaban encendidos. Los operado­res preparaban sus equipos. Frente a la entrada de CMQ, la estación de TV, empezó a aglomerarse la gente. En otros lugares de la ciudad se formaban grupos cada vez más numerosos. En las paredes, en los ómnibus, en todas partes, empezaron a aparecer grandes letreros pin­tados a mano: “No renuncies, Fidel”.
–Hablará a las doce –fue la nueva versión.
Pero el primer ministro no habló. Empezaron a llegar pronuncia­mientos y telegramas de adhesión. Los grupos se convirtieron en ma­nifestaciones que recorrían las calles llevando los colores negro y rojo del Movimiento 26 de Julio, cantando el himno de la Revolución.
Al atardecer toda la ciudad estaba movilizada. Aún no existía ninguna explicación oficial de la renuncia. Pero ya se mencionaba con suspicacia el nombre de Manuel Urrutia, el juez que había llegado a la presidencia de la República en recompensa por haberse negado a con­denar rebeldes encarcelados por Batista.
Urrutia se apresuró a declarar ante una multitud reunida frente al Palacio de la Presidencia:
–Lo que deben hacer ustedes es pedir al doctor Fidel Castro que no renuncie, porque él es el único que no puede renunciar, ya que fue quien dirigió la liberación de Cuba y es el responsable del éxito de la Revolución.
La declaración no le sirvió de nada. “Eso es estar engañando al pueblo con actitudes demagógicas”, diría Fidel Castro horas más tarde.
Al anochecer, la agitación había crecido y amenazaba desbordar, aunque todavía no se registraran incidentes. A las 19.45 Fidel Castro llegó a CMQ. Cuarenta y cinco minutos después aparecía en la panta­lla y empezaba a hablar ante el improvisado panel de periodistas que lo interrogaban.
Cuba no tardó en conocer la explicación del enigma:
–He renunciado –dijo Fidel Castro– porque me es imposible continuar ejerciendo el cargo en vista de las dificultades surgidas con el señor presidente de la República.

ALEGATO CONTRA URRUTIA

A pesar del lenguaje coloquial, paternalista y por momentos embaru­llado con que suele dirigirse a su pueblo, no debe olvidarse que Fidel Castro es abogado. La exposición de cargos que hizo contra Manuel Urrutia fue terriblemente minuciosa. No dejó clavo por remachar.
La duración de los discursos de Castro es motivo de cierta jovia­lidad en La Habana. No lo hace por menos de tres horas, y éste duró casi cuatro. Reproducido en un diario, ocupa páginas enteras. Presen­ciado por televisión es cualquier cosa menos aburrido –al contrario, puede calificárselo de fascinante–, pero de todos modos se hace pre­ciso aquí resumir drásticamente lo que dijo, para que el episodio ad­quiera sentido ante los lectores no cubanos.
Tras aclarar que las discrepancias con Urrutia no eran de tipo ideológico, sino de orden moral, Castro afirmó que Urrutia demoraba deliberadamente sancionar las leyes revolucionarias:
“En un principio las leyes aprobadas en el Consejo de Ministros eran inmediatamente aprobadas por el Presidente de la República y no tardaban en aparecer en la Gaceta Oficial… Pero ahora habíamos lle­gado al extremo de que en estos momentos todas las leyes estaban prácticamente paralizadas, ninguna ley podía pasar a la Gaceta Oficial porque necesitaba la firma del Presidente”.
Y el presidente, agregó, no firmaba las leyes. Eso traía a Cuba un grave desprestigio internacional, sobre todo en el caso de la Ley Penal, que transfería los juicios de la jurisdicción militar a la jurisdic­ción civil, y que al mismo tiempo establecía las penas nuevas para los delitos contrarrevolucionarios.
–Usted que fue conmigo por todo el recorrido de la América Latina –agregó Castro dirigiéndose a un periodista presente– sabe bien la preocupación que yo traía, el deseo de que la cuestión de los fusilamientos no se excediese, que tuviera un límite, el límite indis­pensable para que la justicia quedase reivindicada en nuestra patria.
En cuanto a la nueva legislación (que prevé pena de muerte para el terrorismo), era necesario reglamentarla de manera que tuviese el mínimo de aplicación indispensable, porque de lo contrario –dijo Castro– “parecería que hasta un juzgado correccional, puede aplicar la pena de muerte”. Y el presidente Urrutia estaba reteniendo y demorando la reglamentación de esa ley, que continuaba vigente, pero con una amplitud desmesurada.
La demora en reglamentar la ley estaba valiendo al gobierno cu­bano una campaña en diarios del exterior y de la misma Cuba (exhibió Castro un ejemplar de El Mundo y de otros diarios que lo criticaban):
“Empezaron a preguntar, esa pena de muerte, ¿cómo es eso? In­mediatamente siembran la suspicacia: si nosotros nos habíamos vuelto un estado bárbaro y estábamos aplicando la pena de muerte a granel. Aquello, créanme, fue una de las cosas que más me impresionó, por­que no hay cosa que mortifique tanto a un hombre que está trabajando en algo, como aquel daño que se produce innecesariamente”.
Según Fidel Castro, estas actitudes de Urrutia tendían a “hacer patente, cada día más, sus atribuciones” como presidente.

UNA CASA DE CUARENTA MIL DÓLARES

Pero Urrutia iba un poco más lejos. Periodistas cubanos lo acusaban de haberse comprado una casa de 40.000 dólares (tres millones y me­dio de pesos argentinos). Infortunadamente era cierto. La había com­prado con sus sueldos de presidente y con las retroactividades cobra­das como juez en la época de Batista, pero aun así –afirmó el primer ministro renunciante– eso “rayaba un poco en la falta de tacto, hasta era un poco inmoral”.
También era poco político que Urrutia siguiera cobrando el mis­mo sueldo que Batista, un sueldo de doce mil dólares mensuales, cuando todos los ministros, inclusive Castro, se habían rebajado el sueldo de mil quinientos a setecientos cincuenta dólares mensuales.
–Si les estábamos pidiendo a los obreros azucareros que fueran a trabajar, que renunciaran a todas sus demandas, que había que sacri­ficarse; si le estábamos pidiendo a todo el mundo que esperara; si es­tábamos pidiendo sacrificios, me pareció de buen sentido político que nosotros los ministros nos rebajáramos el sueldo a la mitad.
Pero Urrutia siguió cobrando sus doce mil dólares por mes, y con ellos se compró la casa. “Demasiado temprano, a los dos meses, a los tres meses de asumir la presidencia”, comentó Castro con ironía “para invertir ese dinero en una residencia”.
Afuera, ante el estudio de TV, ante el palacio presidencial fuertemente custodiado, la multitud comenzó a pedir a gritos la renuncia de Urrutia.
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EL TEMA DEL COMUNISMO

Cuatro días antes, el lunes 13 de julio, el presidente Urrutia había pronunciado un discurso por televisión atacando violentamente al comunismo. Fidel Castro, que siempre se ha declarado no comunis­ta, entendió sin embargo que era un tiro por elevación dirigido con­tra él, coincidiendo con las acusaciones que le hizo en el Senado norteamericano el fugitivo Díaz Lanz, y con una campaña de prensa bastante violenta que realizan sobre todo publicaciones norteameri­canas. Más; afirmó que Urrutia preparaba un plan de deserción simi­lar al de Díaz Lanz.
–Se quiere establecer la moda –dijo– de que cuando a un funcionario no se le permite hacer libremente lo que quiere, se nos ha­ce víctimas del más inaudito y bajo de los procedimientos tratando de chantajearnos con el tema del comunismo. Pero todo lo que sea pro­mover aquí el fantasma del comunismo sin justificación alguna, es promover la agresión extranjera contra nuestro país.
El primer ministro recordó, y leyó, las numerosas declaraciones que ha hecho sobre el tema:
–Yo no soy comunista, ni tampoco el Movimiento, pero no te­nemos que decir que somos anticomunistas para agradar al extranjero, ya que sólo tenemos compromisos con el pueblo de Cuba y sólo tene­mos que responder ante ella de la fortaleza de nuestra posición, equi­distante del capitalismo y del comunismo.
“Yo no temo caer en la órbita del comunismo internacional”, agregó, “y para defender la Revolución no hemos ido a buscar apoyo en el comunismo internacional. Hemos ido a buscar en la opinión pú­blica de los pueblos de América, que es donde tenemos que buscar nuestra fuerza.
“No tenemos por qué escoger entre el capital que mata al hombre de hambre y el comunismo que resuelve el problema económico, pero que suprime las libertades, las libertades más caras al hombre. Nosotros va­mos hacia la realización de una Revolución con medios democráticos.”
Afirmó que no se persigue al comunismo porque su gobierno está resuelto a permitir una absoluta libertad de conciencia. “¿Pretenden que se los persiga simplemente porque son comunistas? Entonces ha­bría que perseguir al católico porque es católico; perseguir al protes­tante porque es protestante, al masón porque es masón, perseguir al rotario, perseguir a La Marina porque sea un diario de tendencia dere­chista o perseguir a otro porque sea izquierdista. Los que hablan de temores deben empezar por saber en qué consiste el respeto a todas las ideas.”
–Cuando se empiece por clausurar un diario –insistió–, no podrá sentirse seguro ningún diario. Cuando se empiece a perseguir a un hombre por su idea política, no podrá sentirse seguro nadie. Cuan­do se empiece por hacer restricciones, no se podrá sentir seguro nin­gún derecho.
Agregó Fidel Castro que la Revolución era exclusivamente cu­bana, y que su color no era el rojo, sino el verde oliva de los unifor­mes del ejército rebelde.
Sobre la mesa del locutor, entretanto, se iban acumulando tele­gramas de adhesión. Otros, cada vez más numerosos, pedían la renun­cia de Urrutia, quien seguía en su despacho del Palacio presidencial.
El pueblo cubano estaba asistiendo a un espectáculo inusitado: la crisis a puertas abiertas, con todas las cartas sobre la mesa.
Súbitamente el locutor anunció que Urrutia estaba convocando a los camarógrafos a Palacio, para hacer declaraciones. Fidel Castro sin inmutarse, siguió hablando.

EL TEMA RELIGIOSO

Afirmó que no tenía ni había tenido ningún problema con la Iglesia Católica ni con ningún otro credo. Citó las declaraciones de altas jerar­quías de la Iglesia cubana en apoyo de la reforma agraria. Desmintió, casi despectivamente, el cable procedente de Ciudad Trujillo (y publi­cado en el diario El Pueblo de Buenos Aires), que lo acusaba de haber escrito una carta al revolucionario dominicano Jiménez Moya aconse­jando el exterminio de la influencia católica en Santo Domingo.
El tema, imprevistamente, resultó en una nueva acusación contra Urrutia. Al reformarse la Constitución, en ausencia de Castro se había omitido de su texto el nombre de Dios. El autor de la supresión, que ocasionó agrias quejas contra el régimen revolucionario, era el propio Urrutia.
–Fue una proposición del señor Presidente de la República, in­necesaria por demás –dijo Castro–, porque siempre por tradición se ha mantenido el nombre de Dios en la Constitución y siempre los ora­dores más elocuentes, como Sanguily y otros defendieron eso, porque es una cuestión de tradición y carecía de fundamento el quitarla, por­que eso no estaba reñido con los principios revolucionarios, pero es que hay revolucionarios de comas o revolucionarios de conceptos, que encuentran muy revolucionario suprimir el nombre de Dios de la Constitución y que en cambio no sienten ningún entusiasmo por la Reforma Agraria y por las verdaderas leyes revolucionarias.

FINAL CON SUSPENSO

Mientras hablaba Fidel Castro, mucha gente se preguntaba cuál sería la actitud de Urrutia. Los periodistas formularon la pregunta al propio Castro.
–Esa es cosa de él –respondió–. Que forme nuevo gabinete, si encuentra gente que lo apoye. Que se quede, que se vaya, que gobierne o que no gobierne. No es cosa mía. Yo no puedo imponerle nada. No puedo derrocarlo. Tampoco puedo seguir con él. Por eso renuncio.
–¿Cuál es su status legal a partir de la renuncia? ¿Únicamente comandante del Ejército Rebelde?
Hubo risas y aplausos en la sala y en la calle cuando el primer ministro renunciante contestó:
–Bueno, ese cargo todavía no me lo han quitado. Pero es que me lo gané en la Sierra Maestra.
La transmisión duraba ya más de tres horas, cuando los aconteci­mientos empezaron a precipitarse. Primero se anunció desde el Pala­cio Presidencial que Urrutia desistía de hablar por televisión. Después el locutor informó con expresión solemne:
–Aquí hay otro mensaje muy importante. Un memorándum es­crito de puño y letra del doctor Augusto Martínez, ministro de Defen­sa, dirigido al comandante Raúl Castro, que dice lo siguiente: “Raúl: el presidente renunció. Quiere irse para la casa de un cuñado, quien pide que le den seguridades. Dice el Presidente que no se va de Cuba y que no hará declaraciones”.
Después de seis meses y diecisiete días de mandato, Manuel Urrutia había sido volteado por un discurso de tres horas y cuarenta y cinco minutos.
A los tres menos cuarto salió de Palacio en su automóvil particu­lar, con su esposa, tres hijos y un ayudante, rumbo a Bauta, a la resi­dencia de su cuñado el doctor Víctor Llaguno.
El ministro de Educación, doctor Armando Hart, declaró: “El pueblo debe mantenerse tranquilo y ni molestar al doctor Urrutia en cualquier lugar de la República donde se encuentre”.
El propio Fidel repitió varias veces: “Yo, hubiera preferido que esto no pasara, pero no había más remedio”.
Al día siguiente comentó el diario Excelsior: “Fue un día amar­go para el doctor Urrutia”.

AHORA DÓRTICOS

Entretanto, el Consejo de Ministros reunido en sesión permanente, ha­bía designado nuevo presidente a Osvaldo Dórticos. Sus datos: nacido en 1919 en Las Villas, educado en el Colegio Champagnat de Cienfuegos, egresado en la Universidad de La Habana. Hasta su ascenso a la presidencia era presidente del Colegio de Abogados de Cuba y mi­nistro de Leyes Revolucionarias en el gabinete de Castro. Comentó Fidel: “Ahora no habrá problemas con la firma de las leyes ya que es él mismo quien las ha redactado”.
Era muy pasada la medianoche cuando Castro abandonó los es­tudios de CMQ. No se habían producido desórdenes. La muchedum­bre se retiraba cantando jubilosamente los estribillos revolucionarios.
El Consejo de Ministros rechazó la renuncia de Fidel. Pero el guerrillero de Sierra Maestra parece resuelto a pensarlo, y hasta el momento de escribir esta nota no la ha retirado, aunque nadie duda de que su poder y su prestigio son mayores que nunca, y que el gobierno revolucionario de Cuba ha salvado quizás el más difícil de los esco­llos que encontró hasta ahora en su camino.

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