Rodolfo Walsh y la parrecía

En el texto Laques, de Platón, Sócrates lleva adelante un diálogo con dos interlocutores sobre la valentía. En un fragmento del texto, el filósofo ateniense incita a que la discusión que se estaba llevando adelante no se estanque, les pide que resistan y persistan con firmeza en la búsqueda de la verdad, que el valor, al fin y al cabo, es eso, persistir en la verdad. “Desde luego, amigo mío,” dice Sócrates, “el buen cazador debe proseguir la persecución y no dejarla”.

La noche en que a fines de 1956, en un bar de la ciudad de La Plata donde se jugaba al ajedrez, un hombre le dice a Rodolfo Walsh que hay un fusilado que vive podría haber sido una noche más, una de tantas, y el comentario, uno de esos que entra por un oído y sale por el otro.

Al fin y al cabo, Walsh todavía no era más que un joven de 29 años aficionado al ajedrez y a la literatura fantástica, incipiente escritor de relatos policiales y novato periodista. Podría haber seguido transitando mansamente el curso que parecía predestinado para su vida.

No tenía ninguna necesidad de interesarse por el fusilamiento un grupo de hombres en un basural de la localidad de José León Suárez, hasta el punto de durante casi un año no pensar en otra cosa, abandonar su casa y su trabajo, pasar a llamarse Francisco Freyre, tener una cédula falsa con ese nombre, vivir en una casa prestada en el Tigre, durante dos meses en un helado rancho de Merlo y llevar consigo un revólver en todo momento, para escribir un libro que se llamará Operación masacre y que luego nadie querrá publicar. Pero lo hace. No hay razones lógicas, pero lo hace.

Lo hace porque un buen cazador, como decía Sócrates, debía seguir la persecución y no dejarla. Lo hace porque, como dice Michel Foucault en su texto Coraje y verdad, el parresiasta es alguien que asume un riesgo: “Cuando usted acepta el juego parresiástico en el cual su propia vida es expuesta, usted está asumiendo una relación específica consigo mismo. Usted se arriesga a morir por decir la verdad en vez de permanecer en la seguridad de una vida donde la verdad no sea dicha. Claro que la amenaza de muerte viene del Otro, y es por eso que requiere de una relación consigo mismo: se refiere a sí mismo como un decidor de verdad en vez de como un ser viviente que es falso para sí mismo”.
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La parresia es el compromiso con la verdad a través de la franqueza, es decir la verdad con sinceridad y por compromiso con el bien común, a pesar de que al hacerlo corra riesgo su vida. Un estoicismo que lleva la verdad como bandera. Lo hace, como explica Foucault, “a pesar de estar en una posición de inferioridad con respecto a su interlocutor. El parresiasta tiene siempre menos poder que aquel a quien le habla”. En este caso, la parrhesia se da en el contexto de un ciudadano que interpela a un estado genocida y represor.

Una de las principales virtudes de Operación masacre es justamente la rigurosidad de los datos, la necesidad casi obsesiva por la exactitud. El libro no deja cabos sueltos. No se da ese lujo, porque tenía un compromiso con la historia: Walsh recorre juzgados, revisa expedientes, los compara, hace denuncias, escucha los informes periodísticos y visita cárceles, entre otras muchas cosas, en un proceso en el que lo único que encuentra son jueces, políticos y medios de comunicación que miran hacia otro lado. Operación masacre no conviene a ningún interés.

Su libro, que inaugura la No ficción, género que mixtura el método periodístico y las formas literarias, no solo es la crónica de los fusilamientos de civiles por parte de la policía y bajo las órdenes del gobierno de la Revolución Libertadora en un basural de José León Suárez en junio de 1956. Es también el relato del inicio de una etapa de la historia Argentina en que la violencia fue protagonista. En el trasfondo, late la biografía del propio Rodolfo Walsh, un escritor y periodista argentino que se jugó entero por sus ideales haciendo el recorrido que será también el de toda una generación.

Con el tiempo Walsh se va alejando del periodismo y la literatura y comienza una etapa militante. Ese proceso se lee con claridad en los diferentes prólogos que fue sumando al libro con el pasar de los años y, todavía más, en la película Operación masacre, estrenada en 1973 y cuyo guion estuvo a cargo del propio Walsh. El film tiene una mirada claramente política.

Nada tiene que ver ya este Rodolfo Walsh, con aquel joven que jugaba al ajedrez en la ciudad de La Plata una noche de calor sofocante. Pero tampoco tiene relación con el que escribió Operación Masacre “de un tirón”, para que no le ganen de mano. Faltaba muy poco para el regreso de Juan Domingo Perón al país y el periodista y escritor nacido en Choele Choel, estaba atravesado por el momento histórico.

En 1977, en su determinación por decir la verdad, escribe la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar. Al día siguiente es secuestrado por un Grupo de Tareas. Su nombre se suma a los de los treinta mil desaparecidos.

Operación masacre fue el punto de partida, el chispazo que hizo que un joven escritor y periodista comprendiera que además de sus “perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior”.

Ese exterior no solo hace amenazas cuando uno se juega entero por la verdad, sino que las cumple.

 

Sebastián Pujol

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