La coalición del miedo.

Texto de Osvaldo Soriano publicado en la revista Humor, en 1983, y compilado en el libro Rebeldes, soñadores y fugitivos.

Este artículo, publicado en la revista Humor la semana siguiente a la victoria de Raúl Alfonsín, en 1983, desató un escándalo entre los radicales y sus simpatizantes de entonces. La revista recibió centenares de cartas de protesta y muy pocas de aprobación. Varios partidarios del nuevo gobierno me retiraron el saludo para siempre. Entre los párrafos más repudiados está el que afirma que con el triunfo radical los defensores de presos y desaparecidos «no tenían demasiados motivos para estar felices». También fue muy criticado el tramo que describe la composición social del electorado de Alfonsín: «Las clases medias en su espectro más amplio, la pequeña burguesía y la derecha liberal». Una bronca considerable despertó el final del artículo, donde se advierte sobre el error de olvidar a esos peronistas vencidos, «agresivos y tristes». Cuatro años más tarde, en septiembre de 1987, esos desharrapados festejaron con moderada alegría la vuelta de un justicialismo apenas mejor que aquel de 1983. He querido volver a publicar este artículo para mostrar que no era tan disparatado en medio de aquel triunfalismo excesivo. 

 

«Un hermoso festejo, una fiesta con perfume a lavanda», comentó el lunes 31 el periodista francés Jacques Legrand, y agregó: «Casi como en París». Pocos días antes, el viernes, la Avenida 9 de Julio había transpirado otros olores, más adecuados a pretéritos tiempos de resistencia y lucha popular. Sin embargo, el entusiasmo y la combatividad de antaño habían dejado lugar a un amargo sabor de derrota: tenía algo de patético ese conservador elegante y biencriado que intentaba arengar a más de un millón de personas con un discurso sin calor ni convicción. El doctor Ítalo Argentino Luder —que ese atardecer intuyó la derrota— se dirigía a un sector de la población que el peronismo había perdido irremediablemente. Las clases medias, en su espectro más amplio, aliadas a la pequeña burguesía y aun a la derecha liberal, propinarían a las extenuadas masas de trabajadores peronistas una sonora bofetada. Desde el festivo domingo 30 de octubre, cuando Raúl Alfonsín fue consagrado presidente constitucional de la República, el destino de los más necesitados, de los más miserables, de los más humillados, quedó en manos de la inteligencia liberal. Por primera vez después de casi seis décadas.
Ese bullicio de banderas rojiblancas agitadas por gente de buen pasar que haría sonar las bocinas de sus automóviles, no puede llamar a engaño: muchos obreros votaron por el candidato radical, quizá con las mismas prevenciones que comentó Álvaro Alsogaray («apretándonos la nariz, como si tomáramos aceite de ricino») pero desde una perspectiva opuesta. Hartos de que los Herminio Iglesias y los Lorenzo Miguel los tomaran por imbéciles, optaron, con dolor, por aceptar el discurso populista-democrático del doctor Alfonsín. Las clases medias están chochas: con Raúl Alfonsín llega a la Casa Rosada un hombre sencillo pero enérgico, un civil que alguna vez frecuentó el Liceo Militar, un caudillo de la democracia yrigoyenista. Era como para dar un suspiro de alivio: los hampones de Avellaneda, los facinerosos que controlan sindicatos, los nazis que manejaron universidades, habían sido derrotados. Las buenas conciencias —especialmente de izquierda— suponen que todo es para bien. Su razonamiento es simple: derrotado el peor peronismo, las masas se dirigirán alegremente en el futuro a engrosar las filas de nuevos partidos socialistas o clasistas a los que, en esta oportunidad y por razones tácticas, no había que votar. Entonces, por esta única vez, había que apoyar desde la izquierda a Fernando de la Rúa, no vaya a ser que después, en la Legislatura, el doctor Alfonsín quedara prisionero de alianzas que favorecieran al peronismo. Así, el PI solo alcanzó a consagrar tres diputados y los Derechos Humanos, representados por Augusto Conte, entraron al Parlamento sin que les sobrara un solo voto. Frente a tanto fervor callejero, los defensores de presos y desaparecidos no tenían demasiados motivos para estar felices.

AL COMPÁS DEL TAMBORIL

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El tamboril reemplaza al bombo; comienza, quizá, una nueva República. «Cien años de paz y prosperidad», ha anunciado el nuevo presidente, sin explicar cómo se hará para conseguirlos. Sin un programa claro, Raúl Alfonsín pidió fe y confianza. De eso han vivido los argentinos desde hace treinta años. ¿Por qué no insistir, entonces? Alguna vez se confió en el antiimperialismo de Arturo Frondizi, luego en el misticismo de Juan Carlos Onganía, después en la sabiduría y la conducción del anciano Juan Perón, más tarde en la honestidad y la ponderación de los militares que derrocaron al peronismo corrupto y, por fin, en los ejércitos que prometieron humillar a la flota inglesa en una gesta gloriosa. Ahora, Alfonsín. La esperanza de que ya nada vuelva a ser pura esperanza. De que de una vez y para siempre la democracia eche raíces en la sociedad. Eran muchos los indicios que permitían anticipar una victoria alfonsinista. La composición social del país ha cambiado: derrotada la clase trabajadora, destruidas las distintas corrientes de izquierda por la represión, desmovilizada y encerrada en su propia caparazón la clase media, aterrorizada la sociedad por una perspectiva —solo hipotética— de un nuevo brote de violencia, la respuesta de las mayorías no podía pasar por el endeble equipo de Ítalo Argentino Luder. Elegido como candidato de compromiso en un congreso en el que la dirigencia sindical ganó los puestos clave, el ultramoderado hombre del peronismo no pudo nunca borrar ante las capas medias la idea de que el verdadero poder residía en los garitos de Avellaneda o en las mafias que controlan la mayoría de los sindicatos. Allí, Raúl Alfonsín dio en el blanco cuando denunció el pacto siniestro que, se decía, tenía como socios a Lorenzo Miguel y al temible general Verplaetsen. Para colmo, el disparatado ascenso de Herminio Iglesias, de la mano de monseñor Plaza y escoltado por hombres comprometidos en las peores tropelías, asustaron a muchos justicialistas y, sobre todo, a los no peronistas que se convertirían, pronto, en antiperonistas militantes.
Nunca en la historia argentina los intelectuales acompañaron tan activamente  a  los distintos candidatos. En los últimos días de la campaña, el matutino Clarín fue terreno de una verdadera batalla de solicitadas y adhesiones. Un rotundo desmentido para quienes suponían que la mayoría de los pensadores de este país son izquierdistas de sólida convicción. La gran mayoría llamó a votar por Alfonsín y fue curioso observar la heterogeneidad de la militancia: codo con codo apostaron liberales, oportunistas, exexiliados, miedosos, gorilas, progresistas, escépticos, víctimas y colaboracionistas de ayer. La biblia y el calefón. Expectativas disímiles apoyaron la candidatura de Raúl Afonsín desde que este tuvo la astuta idea de llamar a su lado a un grupo de intelectuales serviciales y anti- fascistas. Desde su propia expresión de deseos, todos ellos creyeron que este hombre decente era maleable a la medida de cada uno. Es posible que en estos días comiencen las decepciones y las broncas, mientras algunos, los más trabajadores e incondicionales, cosechan el fruto de tanto esmero.

EL DESPRECIO 

El peronismo, por su parte, se quedó huérfano de ideas. Tuvo, es cierto, sus inte- lectuales, pero ¿cómo podían neutralizar el show de Herminio Iglesias, el brazo extendido de Ottalagano, la sentencia de Lorenzo Miguel, para quien el justicialismo es «como una gran familia, como comer tallarines los domingos con la mamá. Una cosa sencilla y no ninguna otra rareza»? El profundo desprecio de muchos dirigentes peronistas por la clase trabajadora quedó en evidencia después de la muerte del líder. No bastó el recuerdo de Perón y Evita (de la versión menos combativa de ellos), la iconografía, los discursos con las veinte verdades ni la muletilla del imperialismo yanqui simbolizada groseramente por la botella de Coca-Cola, una bebida cuyos más asiduos consumidores son obreros y jóvenes. No fue suficiente plantear la simplista disyuntiva «libe- ración o dependencia», ni proclamar una ilusoria combatividad que los sindicatos no mostraron durante los negros años de la dictadura militar. Alfonsín cosechó la victoria por sus méritos personales, pero también gracias al miedo del oficinista, la incertidumbre de los empresarios, la inquietud de los intelectuales, la amenaza del matonaje y, sobre todo, la profunda debacle de la clase obrera, hambreada, desocupada y en consecuencia exhausta de tanto sufrimiento. El domingo de la victoria, un grupo de alfonsinistas cultos se enfrentó en la Avenida Santa Fe a unos pocos peronistas rabiosos. «Ustedes son Lo que el viento se llevó —gritó un flamante radical de boina blanca al tono—; ustedes no vuelven más». Parecería como si el verdadero enemigo no fuera la feroz dictadura militar aún en el poder, sino esos desharrapados agresivos y tristes. Despreciados por la conducción peronista, agraviados por fiesteros de hoy, ¿qué lugar en la sociedad les concede la nueva república liberal? Porque, a no olvidarlo, esos desgraciados hombres y mujeres siguen siendo el motor de la Historia. Eso no lo modifica definitivamente ninguna dictadura, ningún hampón, ningún liberal ebrio de decentes libertades.

Osvaldo Soriano

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