Algunas palabras para Julio Cortázar.

Me gusta tener los libros, que sean míos. Prestarlos, doblarles las puntas de las hojas, escribirles los márgenes, usar las solapas como señaladores, subrayarlos o mancharlos de verde con agua de mate. Saber que están en el comedor de mi casa, por si en algún momento recuerdo algún pasaje de una novela o un cuento y quiero volver a leerlo.

Así que ahí está mi biblioteca y en ella, parado estoicamente a pesar de los años, un ejemplar del primer libro de Julio Cortázar que alguna vez tuve entre manos, regalo de mi tía Susana, la hermana de mi papá.

La tía me dejó algunos objetos significativos, que me marcaron un camino a seguir y que todavía hoy, tantos años después de su muerte, siguen siendo un puente con ella, como un brazo estirado desde vaya uno a saber donde. Objetos que me la traen de vuelta por un rato.

Entre ellos, hay dos libros: Rebelión en la granja, de George Orwell, e Historias de Cronopios y de Famas, de Cortázar, una edición de Alfaguara de tapas color beige, de 1995.

Este último contiene, además de las Historia de Cronopios y de Famas, los relatos breves que se agrupan como Manual de instrucciones, Ocupaciones raras y Material plástico. Los cuentos sobre los Cronopios y las Famas, debo ser sincero, no los disfruté. La edad, quizás, no era la adecuada. Sin embargo, aquellos agrupados como Ocupaciones raras me cautivaron en seguida. Cuentan las aventuras de una familia numerosa, de la cual nunca se termina de saber exactamente cuantos integrantes tiene, que vive en la calle Humboldt y dedica sus días a realizar acciones raras, fuera de lo común, como construir un patíbulo en la puerta de su casa o concurrir a un velorio y lograr quedarse solos con el muerto.

Recuerdo la vuelta en auto de un viaje a la costa atlántica. Mis padres iban en las butacas delanteras y yo recostado en el asiento trasero. Tenía menos de 15 años Durante un largo trayecto del viaje me dediqué a leerles los cuentos en voz alta. Eran infalibles: hacían reír a cualquiera.

Pero ese libro contiene el primer cuento que me dejó una huella. El primer impacto. Ahora vuelvo a leerlo y ya no es lo mismo. Como dice una canción: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Quizás no debería haber retornado a sus páginas. En el recuerdo todo es más hermoso. Sin embargo, sigue siendo un buen cuento. El nombre es Cuento sin moraleja y relata la historia de un hombre que vende gritos y palabras y que un día pide audiencia con el tirano de un pueblo. Quiere venderle sus últimas palabras. Son muy importantes, le dice, porque nunca le van a salir como él quiere en el difícil trance de la muerte. Pero si ya sabe de antemano cuales van a ser, podrá decir aquello que le asegure ser recordado de la mejor manera. Como era de esperar, el tirano no acepta y, terriblemente indignado por la insolencia, hace torturar al vendedor de gritos y palabras hasta la muerte. Pero la historia no termina ahí: “Los vendedores callejeros”, cuenta Cortázar, “que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo. Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.”

Quizás, pienso mientras escribo, sea por culpa de Cortázar que nunca dejé de leer, que nunca voy a dejar de hacerlo. Quizás por él es que gran parte del polvo de mi comedor se posa sobre libros y no sobre otros objetos.

Sus libros me acompañaron siempre. Porque cuando quise empezar a escribir algún cuento no pude evitar copiarlo, intentar reproducir de manera grosera su estilo. Hasta que un día descubrí que el tipo había escrito un cuento que llamó El perseguidor, que no solo destrozó la idea que yo tenía sobre la literatura, sino que en el medio metía al jazz y con eso hacía un coctel explosivo que me hizo perder el sentido del tiempo durante un rato. Y después Rayuela, un experimento mucho más complejo y revolucionario.

Hasta cuando me enojé con él lo hice solo por equivocación. La culpa fue de la tecnología. Mis padres pusieron internet en mi casa y tuve acceso a un audio en el que Cortázar leía su cuento Torito. No conocía todavía su voz. Cuando lo escuché decir las primeras palabras, me indigné: “Que le vas a haceg ñato”. Cortázar pronunciaba la erre como una ge, de una manera afrancesada. Lancé una puteada al aire. No podía ser. Me sentía defraudado. Una de las personas a las que realmente admiro, que son pocas, había abandonado su acento natal y hablaba como un europeo. Toda mi vida había admirado a los viejos de mi familia que, a pesar de haber vivido unos pocos años de su infancia en España, nunca habían abandonado su acento. En contrapartida, detestaba a los que se fueron para allá con la crisis, y volvieron a la Argentina muertos de hambre pero con tono europeo. Media hora después supe, gracias a una nota de Abelardo Castillo que lo conoció personalmente, que Julio tenía un problema con el frenillo de la lengua que le impedía pronunciar correctamente la erre. A pesar de los malentendidos, leí siempre a Cortázar y siempre lo voy a leer. Es una decisión tomada.

Hace pocos días una compañera de trabajo, que no agarraba un libro desde que terminó la secundaria, estaba luchando con un tomo de las obras completas de Borges. Hacía mucho que no se subía a un ring y quería pelear con el campeón de los pesos pesados. Le pregunté si entendía algo de lo que leía. Hizo un gesto que me dio a entender que no. Mi consejo fue el siguiente: “Dejate de joder y agarrá uno de Cortázar”.

Sebastián Pujol

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