Preguntame – una vida peronista

¿Por qué sos peronista? ¿Por qué, peor aún, sos kirchnerista? Son preguntas que tengo que ir contestando por la vida, aunque para mí claramente son una sola. La primera, o la segunda, la que quieras. Tengo una sola respuesta: por mi abuela.

Está el chiste ése en el cual un kirchnerista le pregunta a otro si se hizo k con Néstor o Cristina y el tipo le responde “con Macri”. Podría estar inspirado en algún viaje en el tiempo del Delorean del Doc. Brown, cuyo destino fue errado y en lugar de llegar al 55 de Hill Valley hubiera llegado al mismo año de Buenos aires: ¿Te hiciste peronista por Perón o por Evita? “Por la Libertadora”, podría responder Martin McFly.

No necesité el Delorean. Tampoco los desastres de las revoluciones de la derecha argentina, ni Libertadora, ni Alegría. Mi respuesta a la pregunta es mi abuela.

Pasá que te cuento, poné unos mates.

Mi abuela viene del campo. Nació y se crió en Comodoro Py. No en los tribunales, en el pueblo, la ciudad, en el campo. Campo pobre. Cerca de Bragado y de 9 de Julio para que se ubiquen. Allí desde chiquita, desde niña, desde que tiene uso de razón, trabajó. Cortaba frutillas de las plantas. Cosechaba. Las mejores frutillas; las únicas que comió en toda su vida. Las de ahora no tienen sabor, dice. A pesar de las frutillas, allá pasó hambre. ¡Hambre eh! No huevadas. Aunque sí, huevadas, porque muchas veces comían solo huevos de gallina. La gallina no porque sino después no hay huevos, burguesito. Trabajó jornadas de más de doce horas con menos de doce años. Sí, leíste bien: más de doce con menos de doce.

Cuando se casó con mi abuelo, siendo muy chica también, se vino a Buenos Aires. Se acucharon, como era costumbre, todos en una misma casa: primos, hermanos, todos. La casa de un tío que se rompió el lomo con más suerte y sin olvidarse de los suyos. Un tío de fierro. Mi abuelo y mi abuela tenían ahí un ambiente para ellos. Chiquito. Inmenso.

En la gran ciudad trabajaron en una fábrica. También jornadas de doce horas. Por una miseria. Sin vacaciones, sin aguinaldo, te diría que sin dignidad pero venían curtidos con ese tema. Todo eso hasta que, señoras y señores, llegó Perón.

El tipo éste les dio un sueldo digno. Los trabajadores pasaron a tener una participación del 52 por ciento en el producto bruto interno. Eso mi abuela no lo sabía y además le hubiera importado un carajo. Ella tenía su lindo sueldo y su marido lo mismo. Encima empezó a votar. Gracias a Eva, claro. Y anda a preguntarle a mi abuela por Eva; si lo hacés no te olvides de mirarle los ojitos, esas lágrimas son un espectáculo hermoso. Yo imagino que esas lágrimas a la vez recuerdan a sus hermanos y a sus cuñados; mis abuelos perdieron hermanos por enfermedades hoy en día irrisorias que fueron erradicadas por las políticas de salud pública del peronismo. Haber llegado antes, la pucha. Pero volvamos a lo económico que parece que es lo único que importa en este mundo: se compraron una casa. Sí, los paisanos que morfaban huevos de gallina (mi abuelo era vecino de Comodoro) pasaron a tener casa. Casa. Perdón, lo tengo que poner de nuevo: CASA. Encima les alcanzaba para, a fin de año, descorchar unas cuantas sidras que compraban con la novedad esa del aguinaldo. Apenas terminaban las fiestas se iban de vacaciones. Una locura. Córdoba y Mar del Plata sus preferidos. Sí, bien cabecitas. Y obvio, bien peronistas.

En el 55 se fue todo al carajo. Los derechos adquiridos no. Bah, algunos no. Por eso mi abuelo decía que no importa el gobierno de turno, lo que vos disfrutás es peronista. Tiene lógica si lo pensás con ganas. Igual, la alegría de esos paisanos que adoraban a su presidente se fue al carajo. Votarlo ni en pedo: Prohibido. La marcha no se podía cantar. Aunque me cuentan que después de unas botellitas eso en casa importaba una mierda: se cantaba. Cabecitas. Muy cabecitas hicieron caso a Perón y votaron a Frondizi. Y Frondizi muy democrático el radicheta, mantuvo la proscripción del peronismo. Aunque al menos ahora se podía cantar la marcha y a esa altura la cantaba hasta el loro. No es chiste, la cantaba el loro.

Me olvidé de decirles que tuvo una hija: mi vieja. Cabecita ella también, fue y se casó con un peronista. De padres re contra peronistas. Y como se unen, se fueron a vivir a la casa comprada en el peronismo por mis abuelos. Claro, no había más peronismo y ya no era tan fácil. A los milicos y a los radicales que ganaban sus “democráticas” elecciones con el peronismo  proscripto les interesaba poco la casa de la gente. Aunque eso de vivir juntos a estos cabezas les gustó y no se fueron más. Y me enseñaron a amar a la familia más que a nada. Y la familia por si todavía no entendieron, la familia es Perón.

A esta altura Perón ya era viejo. La fábrica aquella en que trabajaban los abuelos se transformó en cooperativa. La manejaba el suegro de mi abuela, es decir, mi otro abuelo. Aunque capaz en este punto hago una ensalada de fábricas. Ya no tengo a todos mis abuelos para preguntarles. Pero bueno, las fábricas la reducimos a la fábrica. De esa forma mis abuelos están más juntitos, los meto a todos en la historia y además nos adaptamos a los tiempos: al mundo le empezaba a interesar cada vez menos que cada país tuviera sus fábricas. El viejo, uno de mis abuelos, el que manajeba la fábrica, decía que si no era por la figura utópica del líder volviendo al país los trabajadores no hubieran tenido la motivación para hacer la resistencia de aquellos años. Eso le da la razón al otro viejo, a Perón, que si se hubiera quedado en el país probablemente hubiera terminado con una guerra civil y más probablemente hubiera terminado muerto. Muerto hubiera sido un mártir, una historia intachable, la cara indiscutida del billete de quinientos. Vivo se transformó en esperanza, en resistencia. Fue duro. Pero volvió. El peronismo siempre vuelve.

La puta que estarían contentos mis abuelos por esos días. Vivieron los cuarenta, lo vieron subir y caer, vieron morir a Eva, vieron transformar sus vidas. Ellos no se enojaron tanto con lo de Ezeiza y la plaza de Montoneros. Mis viejos sí, eran más jóvenes. Querían lucha. Querían venganza. Después se calmaron, pero en ese momento se desilusionaron feo. Después el diario del lunes los hizo ver ese ratito de tercer peronismo como algo no tan grave. Mi vieja recicla todos los días y el viejo loco ése de Perón, en los setenta, hablaba de ecología. Decime ahora si mi vieja no es peronista.

Cuando murió Perón se fue todo a la mierda mal. La fábrica desapareció y con ella muchos de sus empleados. Amigos, compañeros, vecinos. A uno de mis abuelos lo chuparon un rato. Igual, nadie sabía nada; claro, del cagazo que tenían. Mi viejo, que a los efectos de la historia trabajaba en esa misma fábrica, se hizo autónomo. Mis abuelos la empezaron a llevar a duras penas.

Menos mal volvió la democracia. No hubo más desaparecidos. Siguió la economía con esos rumbos cambiantes que tanto socaban a la clase media. Sí, a esta altura y luego de haber existido el peronismo, mi familia es de clase media. Clase media peronista, esa que no olvida. Esa que entiende lo que sufren los pobres en la crisis porque simplemente no olvida sus orígenes. El origen está en la sangre.

La sangre de mi familia siguió su curso y para mi abuela llegaron los nietos.

Para este momento de los sucesos, ya estábamos presentes con mis hermanos. Muchas familias empezaban a buscar a los suyos pero nosotros tuvimos la suerte de llegar a los ochenta todos juntos. Llegamos para vivir todos amontonados. En la casa de mi abuela, obvio. La vieja en ese entonces cocinaba. Imaginate cómo cocinaba. Comida para tirar para arriba en largas mesas. Morfen negros. Sí, bien peronistas.

Y ganamos las elecciones del 89 y volvimos, para qué mierda volvimos. Aunque en realidad no volvimos. Nos hacemos cargo eh, pero no volvimos. El patilludo no iba a defraudar. Pero defraudó. Un traidor dijo mi abuela. Y yo cabeza de termo, lo repito. Apenas vio a los Alzogaray, a los Cavallo, mi abuela sentenció: traidor. Y así fue. El riojano le dio la razón. Por eso te digo que no volvimos. Porque si mañana a Trump se lo ocurre decir que es peronista eso no significa que lo sea. Se es o no se es, en los hechos. Y en los hechos lo que vino no fue peronismo sino las políticas que ganaron en los setenta. Y eso llevó al pueblo a ahondar aún más en la pobreza y la desocupación. ¿Sabías que en el “desastroso” tercer gobierno peronista no había desocupación? Después vinieron los milicos destrozaron la industria y a la mierda; porque los milicos no sólo desaparecieron gente, desparecieron a la industria y también a la gente que podría haber vuelto a fundarla. El peronismo es industria, es la fábrica en que trabajaron todos los de esta historia, y el neoliberalismo de los noventa claramente no es industria, por lo tanto, no es peronismo un carajo.

El neoliberalismo es privatización y la privatización hizo que en mi casa tengamos veranito divino con un posterior invierno devastador. A pesar de esto, el padre de un amigo siempre dice que te fijes al votar que esté la cara de Perón en el partido. Re cabecita pero pensalo para la próxima. En ese momento, para colmo de males llegaron los radicales. ¡La foto de Perón boludo! Es preferible que te traicione una mina que te gustó alguna vez a quedarte con una que no te calentó en tu vida. Y bueno, los radicales hicieron lo que saben hacer: no terminar el mandato y previamente asegurarse de mandar todo bien pero bien a la mierda.

Me olvidé un poco de la abuela. Pero bueno ya les dije que los noventa no son peronistas y, por lo tanto, no son mi abuela. Pero tranquilos. Ya dije que siempre volvemos: llegó Kirchner.

Veníamos mal. Mal, mal. Mirá: mi viejo con un negocio fundido, mi vieja que trabajó toda la vida no tenía aportes porque a pesar de estar en blanco no le aportaban. Mis abuelos jubilados cagados de hambre durante el menemato y con la alianza encima reduciendo sus jubilaciones (te suena Bullrich). Mi hermana que encima no hizo caso a mi viejo y en lugar de farmacéutica se hizo docente, y tenía que ir a laburar en bondi. Mi hermano sobreviviendo mientras laburaba con mi viejo y yo salido del secundario en el 2000 había tenido más trabajos que mi viejo en toda su vida y apenas me había logrado comprar un par de compacts. Nada. Pero volvimos, arriba ese ánimo que volvimos. A mi abuela le gustó de entrada. Ese disparate de que en la asunción el flaco se metió entre la gente y se ligó una cámara en la jeta le pareció risueño. Recuerdo como hoy la cara de mi vieja riéndose nerviosamente ilusionada. A mí me pareció una pelotudez tremenda, ¿te acordás de mis viejos enojados con Perón? Tenían en ese entonces la misma edad que yo en el momento que no quería mirar con buenos ojos a Néstor.

Igual cuando bajó el cuadro de Videla me di cuenta de que tenía unos huevos bárbaros. Una cosa es ser escéptico y otra cosa es ser pelotudo: qué huevos ese tipo, mamita. Si hubieran sido así los huevos de Comodoro mis abuelos no se venían un carajo a Buenos Aires. Mi abuela dijo: quemen el cuadro de ese hijo de puta. No la había escuchado putear antes. Capaz no lo hizo, pero dejáme pintarrajear un poco la historia que ya voy terminando. Claro que sólo eso no la hizo kirchnerista. Ni tampoco eso lo hizo peronista a él. Mi abuela se decidió en el 2008 cuando vio danzando por el monumento a los españoles a los hijos y los nietos de los soretes que la habían hecho laburar en el campo por huevos duros. A veces, cuando uno no sabe de qué lado estar basta con mirar a quienes están del lado de enfrente. Y claro, la vieja se me hizo k.

Hubo paritarias todos los años. Yo que había conseguido por fin un laburo estable empecé a recibir aumentos que perseguían la inflación. Si el país crece hay inflación, no es la suba de sueldos lo que la provoca Adam Smith, deja que ese cuento lo cuenten los jefes de recursos humanos. Eso no lo dijo la abuela, lo dije yo que ya estoy grandecito y puedo hablar solo. En fin, la abuela empezó a recibir dos aumentos por año. Antes le bajaban el sueldo y ahora se lo subían dos veces por año. Ni hablar que se iba a Mar de Ajo cuarenta y cinco días. Mi hermana se mandaba a laburar en el auto de alguna compañera, ella no aprendió a manejar; pero los docentes que habían puesto una carpa blanca durante años, que nunca dejaron de estar en lucha incluso contra el kirchnerismo, porque así también nos enseñan diariamente a todos, los docentes del bondi ahora iban a laburar en auto. Mi viejo cerró el negocio y con algo de guita que rescató de ahí mi hermano se compró el tacho. Buen negocio el tacho cuando hay plata en la calle. Los ingenieros lo fueron dejando porque al parecer conseguían laburo de lo suyo. Mis viejos se jubilaron. Sí, el gobierno se hizo cargo de que los empleadores (empresarios como los que nos gobiernan ahora) no depositaron la guita durante años y se jubilaron. Sí maestro, entre esos “vagos” que jubilaron están mis viejos que se rompieron el lomo toda la vida. No queda otra, cuéntenla como quieran, Kirchnerismo = peronismo. Y sí, la negrada es peronista. La abuela también, si hasta el papa dicen que lo es.

Mi abuela mientras escribo esto tiene 93 años. Está en cama, fracturada. Otra vez. Ahora la pelvis y un codo. Se cayó más veces que Holanda en los mundiales. Por la edad hará siete años que lucha año tras año contra alguna cosa. Ahora está internada en el hospital de Vicente López donde tuvimos que hacer un escándalo para que la atendieran que hasta la policía vino. Antes le tocaba una clínica de Pami donde la salvaron incontables veces. Llegaba y al toque la atendían. Una vez a la media hora ya estaba en el quirófano; ahora estuvo dos horas tirada en una camilla vomitada. Hace un año y medio le sacaron esa clínica. Sí, la revolución de la alegría se la sacó y la mandó al hospital que desde antes ya estaba colapsado y ahora recibe abuelos. La clínica está todos los días semi vacía y antes si bien tenía mucha gente, te atendían. Claro, en unos años una clínica vacía no justifica el gasto y si no justifica el gasto la cabecita empresarial la cierra. Ecuaciones revolucionarias.

Igual, ya sé que mi abuela cada vez es más vieja y que no va a durar para siempre, pero atendémela dignamente. Encima mi vieja, también jubilada o sea que no es una pendeja para andar de un lado a otro, tiene que luchar todos los días por el traslado en ambulancia, por la cama ortopédica, por el lugar de atención y por la mar en coche. Ahora lucha contra enfermeras, médicos y vigilancias que hacen lo que pueden porque no dan abasto; como siempre, la cosa termina con pobres contra pobres. Nunca fue el paraíso el tema de Pami, Adán y Eva no corrían en bolas, pero la mordida a la manzana del cambio salió carísima; el que no tiene un viejo en la familia no tiene idea lo se está viviendo ahora. Casi que tenés que agarrarte a piñas para conseguir algo. Ni hablar cuando hace unos meses caímos en el hospital de San Isidro y ahí Posse tiene seis ambulancias que no pueden usarse: están para incendios nos dijeron. Dejalo a Posse para otro día que te lo atiendo junto con el primo de Mauri en Vicente López. Los remedios que toma tampoco se los cubren más. Cuando se consiguen hay que pagarlos enteritos o a un cincuenta por ciento con mucha suerte. Y encima están más caros; los laboratorios tienen de dónde agarrarse, obvio, si subió la luz, el gas, el agua, la nafta, el transporte. La pesada herencia que le dicen. Sin embargo, todos (todos sí, no se hagan los distraídos, todos) sabemos bien que si seguía la yegua montonera extrañamente hubiera subido alguno de los servicios.

Igual tranquilos. La abuela no se hace drama por todo esto. Los dramas me los hago yo que quiero que mi nene la vea bien cada vez que la visita y lamentablemente la ve luchando contra todo esto. Pero la disfruta. Los pibes se dan cuenta de todo pero se adaptan mejor que nosotros. A ella le molesta el tema docente nomás. Ella se queja y me dice: tu hermana es docente, tus amigos son docentes, todos conocemos docentes; además, agrego yo, todos somos docentes porque a todos nos formó un docente, ¡No existen los repollos humanos! No meterse en esa lucha es estar en contra de tu origen, de tu familia, de tu amigo, de tu vecino; de vos mismo.

Como los docentes que dicho sea de paso los metí en esta ensalada, la abuela sigue luchando. Lucha y enseña en los hechos. El peronismo se basa en eso, en hechos. El peronismo proyecta, planifica pero no espera, no te dice faltan cuatro generaciones para que llenes el plato, el peronismo actúa. Como mi abuela, como esta vieja que les cuento, se basa en hechos. La vieja esta que fue, es y hasta, ese último suspiro, será peronista.

¿Y yo?, preguntame.

Sergio Delbreil.

Actualización: lógicamente, debido al ingrato tiempo que se empeña en transcurrir, este texto con dos años en su haber tuvo un final diferente; inevitable. Me llena de gratitud saber que la historia narrada jamás perderá vigencia.

Un comentario en “Preguntame – una vida peronista

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