Entre los arroyos que bifurcan el Delta

Aquel que nació y va a morir en el del Delta del Paraná envejece en soledad, mientras sus hijos se escapan soñando con un futuro de marinero o con fabricarse una vida estable en el suelo firme de Tigre o de la Capital Federal. El isleño acostumbrado a aguantar frente a la fuerza del medio ambiente, moldeado en el respeto por la naturaleza, en el rebusque cuando no queda otra, espera seguir su camino en paz. Llegar al final apaciblemente, como los arroyos que ya no se dragan y se van tapando hasta dejar de ser transitables.

En los arroyos que se bifurcan en lo más profundo del Delta la vida tiene un ritmo diferente, intenso, lento. Cada año, las islas avanzan cincuenta centímetros sobre el Rio de la Plata. El agua arrastra sedimento que viene desde Paraguay y que se va asentando con el junco que crece y lo sujeta. Un proceso que transcurre mansamente desde hace siglos. Un desplazamiento perseverante, parsimonioso, al igual que todo lo que pasa allí. Un ritmo propio.

Este paraíso próspero de principios de siglo se desintegró con las inundaciones. Ya no queda prácticamente nada del edén de frutales que alguna vez fue. Hoy esta zona vive gracias a la madera de los árboles plantados en fila que se ven desde la lancha, de las artesanías de junco y mimbre que se venden en el Puerto de Frutos y del turismo.

Sergio, el párroco de Dique Luján en el Partido de Tigre, sale una vez por semana con la lancha Santa Catalina y recorre los arroyos visitando familias y repartiendo donaciones. Mientras me muestra la obvia diferencia entre las casas de los isleños y las de fin de semana, asegura que la isla es solitaria y que los jóvenes no quieren saber nada con quedarse, que no tiene motivos para hacerlo.

 

***

Hay viento sudeste. El río está alto y picado. Las olas golpean a la Santa Catalina, en la que el cura lleva bolsas de consorcio con ropa, un pack leches y algunos libros para chicos. Sale por el Río Luján hasta el canal Arias, para cruzar el Paraná de las Palmas que hoy está alborotado. Una embarcación grande al otro lado del río no se anima a cruzarlo. Sergio duda. Si no se puede cruzar, no se cruza. No hay valentía que sirva contra la fuerza del agua. Hay que aprender a resignarse para poder amoldarse al Delta.

El párroco dice, y así parece, estar cómodo en este lugar donde la gente es simple.

Se ríe de los que se escapan de la ciudad y quieren “cambiar el mundo”. Porque el isleño no quiere que le cambien su mundo. “Es una moda. Muchos llegan de Buenos Aires con prepotencia y se enojan y dicen que el isleño es vago porque no acepta lo que ellos vienen a proponerles”, explica. Un mundo romántico, de una libertad que está lejos de la calma que esta gente espera después de toda una vida de trabajo que les destrozó el cuerpo, un descanso ganado tras la pelea, demasiado lejos de cualquier idea moldeada tras el fracaso en la ciudad.

La mañana está nublada. Pasando el Paraná de Las Palmas todo se vuelve menos turístico y las quintas de fin de semana empiezan a espaciarse y aparecen las casas despintadas de los isleños.

Hay tres secciones en el Delta. La primera es la más explotada turísticamente, más cercana al puerto de Tigre. La tercera sección es más salvaje y alejada de Buenos Aires. La gente que lo habita, en su mayoría, es analfabeta y vive de un modo casi primitivo, aunque también suele ser refugio para prófugos de la justicia.

A la segunda sección se dirige la Santa Catalina, territorio de viejos luchadores que van a Tigre a cobrar su jubilación y a visitar a sus hijos y nietos.

Amarra a un muelle golpeado por los años en el que lo reciben tres perros, actores principales en la monotonía de la vida cotidiana en los arroyos solitarios. “Ladrones”, grita una vez adentro de la casa de Florinda, una isleña de setenta y cuatro años que nació aquí. Su hermano, casi de la misma edad, corta el pasto con una guadaña en el terreno al costado de la casa. En la costa hay una hilera de árboles que custodian la entrada.

El viento sopla fuerte y el cura entra sin preocuparse por golpear. La dueña de casa lo recibe con un abrazo. El comedor es grande y las paredes están húmedas. Se preguntan por lo que importa. Hablan en calma. Sergio se acomoda en la silla, casi que se acuesta y ella lo mira como a un nieto. Él tiene más de cuarenta y ya peina algunas canas, aunque tiene un aspecto canchero, una mochila con el escudo de River y unas zapatillas deportivas. Se sonríen, se consultan por la familia, por el hermano que sigue peleando contra la maleza que quiere entrar en el parque de la casa. Ella dice que cada vez que su hermano tose parece que se va a desarmar, pero igual no quiere dejar el cigarrillo. El pucho y la humedad de la isla le carcomen los pulmones.

Ella habla sobre una kermés y la venta de rifas. Sobre unos pollos para la fiesta y los problemas de la falta de gente. “Ya cada vez quedamos menos”, dice Florinda. La última misa, un día de lluvia, fue ella sola. No son muchos más en los días soleados. A las pocas familias autóctonas que quedan, se le suman los paraguayos que van a emplearse como peones a las plantaciones y se van cuando ya no hay más trabajo.

“Somos casi todos viejos, ya” y después dice que la juventud está perdida. Florinda ve televisión y habla por lo que le muestra la caja boba.

“Muchas de estas mujeres hacen un trabajo con el mimbre que les destroza las manos y que yo no podría hacer”, dice Sergio sin dramatizar cuando nos vamos. Se lo toma con calma. Sabe que lo mejor para hacer en este lugar olvidado es estar, acordarse de la familia de esta gente perdida en el tiempo, preguntarles por las cosas que les importan. Simple.

 

***

Algunos de los ríos y de los arroyos tienen nombres en guaraní. Uno de ellos, uno de los más anchos, es el Paraná Miní. Allí hay una escuela con treinta y cuatro alumnos.

La directora estaba contenta a principio de año porque eran 38 nenes en el colegio. Se había ilusionado con llegar a los cuarenta, pero algunos de los chicos dejaron de ir. La directora habla sobre una familia de chaqueños que desapareció de un día para el otro. No sabe si volvieron a su provincia o todavía están perdidos por algún arroyo. Quedaron solamente treinta y cuatro en un colegio enorme, moderno y amarillo, levantado sobre unos pilotes de cemento.

Sergio entra sin golpear y la directora lo reta por el tiempo que tardó en volver a aparecer. Ella empezó a trabajar en el Delta hace tres años y asegura que ya está adaptada. Antes una directora había ido con ideas de cambio y renovación, pero la gente no la aceptó. Están preparando una excursión. Los chicos van a ir una casa de fin de semana a la que los dueños los invitaron a pasar el día. Es la oportunidad de pasar una jornada en una quinta con caballos, mejores juegos que los de la escuela y cerca de un helipuerto.

***

La próxima parada es en la casa de Gladys. Hasta hace pocos años era de Gladys y Titi, pero él murió y ahora ella vive sola con sus perros, que nos reciben en el muelle. Algunos duermen afuera, otros adentro de la pequeña construcción de madera que está recién refaccionada gracias a la jubilación: hizo a nuevo el comedor y lo agrandó algunos metros. El resto se mantiene intacto. Habla de los perros. Algunos se van al monte a la mañana y vuelven a la noche y otros se quedan dentro de la casa. Que las mascotas no se lleven entre sí es todo un problema en aquel aislamiento.

El cura está sentado, relajado, en un banquito. Se entrega a la misma tarea: escuchar, preguntar, mirar, hacer silencio, sonreír. Lita, que tomaba unos mates demasiado dulces con Gladys en ese comedor diminuto, le dice que le gustaría que el padre le bendiga una parrilla que Chaparro, su marido, el conductor jubilado de la lancha escolar, acaba de construir. “Que Chaparro haga un asado con vino y le bendigo todo lo que quiera”, dice Sergio. Todos ríen. Hablan sobre las comuniones y las confirmaciones, las rifas. Vuelven las preguntas de la familia, el mate dulce pasa de mano en mano y por la ventanita los árboles se sacuden por el viento.

Cuando la Santa Catalina se despega del muelle el viento la sigue castigando. Agita los árboles que se agachan a rozar el agua color tierra por el que salta la lancha blanca y amarilla, que en un rato amarrará en Dique Lujan, en Tigre próspero en el que abundan los countries y las calles comienzan a asfaltarse.

 

La embarcación quedará allí hasta la semana que viene, cuando transite los mismos arroyos, donde lo recibirán los mismos perros, donde tomará los mismos mates demasiado dulces, donde verá las mismas sonrisas, los silencios, las preguntas simples.

Sebastián Pujol

 

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