Murió el fantasma

Hay minutos suspendidos en el humo de la ciudad, donde me inflo de cólera y miro al cielo, furioso. Estoy sentado en la esquina rota, roto, consumiendo con mis compañeros en medio de la gente normal que viene y va. Estamos esperando a la luna, metiendo los pies en un charco de aguas asquerosas.

En estos momentos donde el tiempo se escapa de la proyección pastosa de mis ojos, contemplo las almas ajenas con un odio incomparable y monstruoso, aprisionado en mi débil cuerpo.

Algunas veces me miro en las vidrieras sucias. Estoy hecho pelota, tengo unos surcos en la cara que por microsegundos me avergüenzan. Pero soy un sinvergüenza para las viejas descartadas que pasan y pasan y me regalan desdén de costado, así que tengo que ser un sinvergüenza y pedirle fuego a algún desprevenido que se me cruce, y llenarlo de miedo y asco, abrumarlo de odio hacia mí.

Sí, soy un vago. Me conformo con pasar el día esperando que sea de noche.

Hoy llegó la noche sin demasiados sobresaltos. Mis amigos me abandonaron medio muerto en una nube y se fueron a girar por ahí. Desperté pesadamente. Un arroyo de agua turbia había llegado hasta mis tobillos. La ventisca fría atravesó la pobre resistencia que ofrecía mi remera y penetró en mí. Recordé entonces las noches sentado en la vereda, esperando que mi viejo termine de fajar a mi vieja. El frío nunca cambia, nosotros sí. Es mentira que la gente no cambia. Yo solía correr por la canchita del barrio y soñar.

Me incorporé lentamente. Frotando mis brazos comencé a caminar. Mi sombra en el piso parece los dibujos de un nene, esas siluetas de palitos, largas y flacas como un espagueti.

Las piernas ya no me responden como antes. “Nos consumimos mutuamente”, dijo uno de los míos un día, en un rapto de tremenda lucidez.

La noche es cálida, pero vino a visitarla un viento frío y constante que fluye por este laberinto con olor a café y a viejo. Se escucha a lo lejos el sonido de una persiana que baja, de unos candados que se cierran. Siguiendo el sonido me dirijo hacia la esquina, tropezando con el mundo. Busco en los bolsillos de mi pantalón y la encuentro. Necesito plata para meterme en el pasillo. Aprieto la faca hasta sentir que me corta la mano. Un dolor tranquilizante.

Un pibe aparece en la esquina. Camina apurado, acomodándose la mochila. El viento le sacude el pelo y lo ciega. Se lo ve ojeroso y cansado, cabizbajo y encorvado. No me ve venir de frente. No ve el fantasma que se aproxima sediento, no siente mi ira. Sí, justo ahora, uno de esos momentos en los que la furia me invade como un demonio y toma las riendas de la poca cordura que me queda, destrozándola.

Es ese mierdita que el otro día me dijo que no cuando me ofrecí a limpiarle la vidriera de su local. Me echó como si fuera un perro.

-¿Te acordás de mí?- exclamo, con la voz ronca y la piel erizada. La faca apuntando al suelo, firme y derecha, dispuesta a todo, sedienta de calma. -Dame el celu y la billetera, puto.

Sus ojos llenos de sombra de pronto se llenan de horror. Hace un ademán de querer escapar, pero yo, más lúcido y premeditado, me adelanto y le asesto un golpe de navaja en la mejilla izquierda. La sangre brota enérgica desde el pómulo hasta el mentón. La ferocidad dentro mío me empuja hacia adelante, toma mi brazo derecho y tira hacia atrás, para darle impulso, fatalidad. La faca brilla en la noche, el tajo parece haberla limpiado.

Voy a matarlo.

El pibe me empuja con una fuerza descomunal antes de que pueda apuñalarlo de nuevo. Mi antebrazo armado golpea en su hombro y la faca se desprende de mí. Caemos hacia atrás. Mi espalda hace un feo crujido y dejo de sentir las piernas. Todo da vueltas. Me hace acordar a la única vez que mi papá me subió a una calesita. Los caballitos subiendo y bajando, el vértigo excitante, las canciones horribles. Mi papá fumando sin mirarme, charlando con un viejo.

Unos nudillos de piedra interrumpen los oníricos recuerdos. El puño izquierdo del pibe me aplasta la cabeza contra el suelo. Intento levantar los brazos para cubrirme y otra trompada se descarga con fuerza en mi mejilla. Me muerdo la lengua. Mi boca comienza a llenarse de sangre. Una tercera trompada golpea mi sien haciendo que mi cabeza rebote contra el cemento.

Los golpes caen rítmicos, podría rapear sobre ellos si no fuera porque tengo la boca llena de dientes sueltos y el cerebro enloqueciendo con cada piña. Una lluvia de puños cerrados, incesante, como la letanía de un loco.

Perdí. Estoy tendido en el piso, mirando por una ventana que da al patio de atrás, mientras el pibe me destroza la cara a trompadas. La piel se desprende de mis pómulos, la sangre me ciega, un dolor entumecido me late en la sien. Mi mente es un torbellino de imágenes mezcladas y un gran letrero en lo alto que anuncia lo que mi instinto de supervivencia no puede evitar, ya que no puedo moverme. Ya estoy rendido, en posición de estrella de mar. El pibe puede dejarme e irse con la impotencia satisfecha. Con un hilo de vista alcanzo a ver su rostro flotando y girando sobre mí. Se detiene, jadeando y puteándome torpemente. Creo que cierro los ojos, o solo me quedé ciego.

Unos dedos se deslizan por mi frente y se enredan en mi pelo. El pibe cierra el puño y levanta mi cabeza. Por un segundo, siento que floto en la pileta de mi abuela, en aquellas escasas tardes donde chapoteábamos durante horas hasta convertirnos en pasas de uvas.

Me azota con violencia contra la baldosa. El choque contra el suelo suena internamente. Un ruido seco y brutal. Siento que mi cabeza se rompe. Los oídos me zumban. Pero no tengo tiempo de analizarlo, porque tira de mi pelo de nuevo y me levanta más alto todavía, y me golpea con más fuerza contra el piso. Mi cráneo ya está roto, por eso siento como si se hundiera, y una sustancia espesa comienza a chorrear por mi nuca. Subo de nuevo. Bajo. Una explosión de luces blancas me rodea como un sueño. No escucho nada ya, solo siento un dolor indescriptible. Viento, huracán y dolor. Dolor y furia atrapada, inútil, infértil, encerrada en un cuerpo destrozado. Quisiera matar a este hijo de mil putas. Quisiera arrancarle los ojos con mis manos, cortarlo en pedazos y desparramarlos por la vereda. Pero él me tiene. Estoy en sus manos y me va a matar, si es que ya no lo hizo.

Un último y feroz golpe lo separa de mí, pero yo ya estoy viéndolos a los dos, a mi asesino y a mis despojos. Y veo cómo el pibe ojeroso se levanta agitado, tomando grandes bocanadas de aire, mientras observa su obra que chorrea en el suelo. Antes de huir, patea mi cadáver en la cabeza, dejándola en una posición lamentable y ridícula, imposibilitada de albergar vida. Se lanza a correr bajo la noche, dobla en la esquina y desaparece.

Me acerco lentamente a mí. Las luces tenues y amarillentas no me bañan, el viento frío me atraviesa sin sentirme siquiera. Estoy desnudo. Mi cuerpo viste unos pantalones marrones y una remera blanca que ahora es bordó y negra. El cuello está partido y doblado grotescamente hacia la izquierda. Mi cara es una desolación, los ojos desorbitados mirando a la nada, el párpado derecho desprendido y sostenido por hilos de piel. Son ojos rojos, hundidos en cuencas muertas. Mi boca abierta y desencajada, la mandíbula partida y los labios inflamados. Sangre y dientes por todos lados. Un charco de sangre negra rodea mi cráneo y en él flota una baba grisácea y viscosa.

A dos metros de mi cuerpo descansa mi faca, limpia y en calma. Todo está en calma porque estoy muerto al fin. Un delincuente menos en las calles.

Nadie viene a socorrerme, así que comienzo a deambular por la calle, rumbo a Avenida Corrientes. Los autos pasan a través de mí, porque no soy más que el rato que los separa de casa.

Corrientes está llena de fantasmas que se arrastran en la noche que ya no me incluye. Chicas hermosas pasan riendo y bebiendo, chicos barbudos charlan en la puerta de un bar, un hombre vestido de negro reparte volantes en la puerta de su parrilla. Yo avanzo sin sentir las suelas, avanzo entre ellos, sin tocar sus prendas, rozando sus almas ignoradas. Me detengo frente la vidriera de una pizzería enorme. Todo es amarillo dentro. Las personas conversan y comen. Justo frente a mí hay dos hombres que charlan animadamente con las bocas llenas. Apoyo mi mano en el vidrio, pero no lo siento, no me detiene, y mis dedos siguen de largo hasta traspasar como aire el pulóver del hombre. Mi mano avanza y toca su espíritu. Siento tibieza en los dedos.

Entonces me doy cuenta de que ya no existo. Caigo en la realidad de que todo se acabó, que ya se terminó el cuento que alguien leyó en voz alta en medio de un recital de Las Pelotas. Un cuento que nadie escuchó. Fui el protagonista de una historia lineal, violenta y patética. Fui lineal, obediente al sistema aunque muchos piensen que me rebelé al sistema. Fui lineal, violento y patético. Y ahora lloro perdidamente.

Entonces busco desesperadamente tu mirada, como la busqué inconscientemente mientras estaba vivo. Trato de que te detengas y me mires. Y me da vergüenza admitirlo, pero quisiera que sientas lástima. Al menos lástima, ya que ahora nada importa, ya que nunca importó. Quisiera que me mires y tragues esa deliciosa pizza sin masticarla siquiera, porque lo que ves te conmueve, te estremece. Porque no ves un negro drogado y descarado. Ves un nene sentado en la vereda, en el frío, escuchando a su mamá gritar de dolor y miedo.

 

Juan Zirpolo

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