Los trenes argentinos, vagones de realidades

El tren Urquiza no cambia. Mis padres viajaron exactamente como lo estoy haciendo: asientos con respaldos adornados de poemas, sus tapizados verdes son lienzos para el arte callejero o al vandalismo en igual medida, ofrecimientos sexuales, hinchas que dedican sus victorias al clásico rival, los techos con hélices girando en círculos aparentando calmar el calor, argollas colgando de caños que animan a niños a jugar a las olimpiadas.

El reloj anuncia el próximo tren a las 18. 30 hacia Lemos. Los vagones salen repletos desde Lacroze. Distintos tipos de personas suben con rapidez: pibes y pibas de  veintitantos volviendo de sus facultades, profesionales, oficinistas, obreros, ancianos. Todos mezclados en distintos vagones, también en sus furgones que años anteriores solo eran ocupados por vendedores ambulantes y cartoneros para charlar o fumar un porro. Ahora también son compartidos por ciclistas que intentan  ahorrar un subte o solo las llevan sus bicis por placer.

Por los pasillos desfilan vendedores perfectamente ordenados sin repetirse. Sus productos son variados :  pilas , alfajores , medias , chocolates , gomitas , cuchillos , pañuelos , cinturones , libros y por supuesto, músicos.

Los distintos cantos a la hora de vender suelen ser peculiares. El vendedor de libros tiene un voz de locutor que tranquilamente podría participar en un documental sobre historia- la de medias-   estira la primera sílaba de una manera única y con un cantinto muy popular en los pasajeros.

Los más excluidos nos cuentan sus historias , discapacitados relatan cómo llegaron a perder sus piernas, muestran heridas de accidentes , certificados de hospitales  con sus diagnósticos como pruebas. También vemos enfermos de HIV, todos pidiendo “ una monedita “.

Los niños no cuentan sus vidas ni sus enfermedades, solo reparten tarjetas con santos, como Karina, una adolescente  embarazada que hasta hace poco recorría con sus hermanos menores en brazos. Ahora ella camina con dificultad por su embarazo avanzado. Me surge un pensamiento que la realidad lo contesta con una cachetada ¿Será posible otro destino para sus hermanitas de 8, 6 y 11 años ?

Solo algunos de los pasajeros pueden ser protagonistas de sus vidas, se chocan, se huelen, se escuchan con curiosidad , con odio. Algunos intentan entender lo ajeno. Lo cierto es que los ferrocarriles argentinos son una fugaz escuela pública. Nos reflejan las distintas realidades de nuestro conurbano.

Debemos ser muy ciegos o sordos para no notarlo, cada estación refleja una parte de la sociedad o una parte del aula. Lo sorprendente  son los muchos pasajeros que viajan a diario y no salen ni con un golpe de realidad.

 

Juan José Romero

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