Dos milanesas

Hay una nueva cadena de carnicerías que hace cuestión de meses irrumpió en el mercado digestivo argento con ofertas realmente notables y se ganó un pedacito de mi carnívoro corazón. Tal es así que sigo yendo a pesar de que, tras (pocos) meses de ofertas y precios decididamente mejores que cualquier otra carnicería de barrio, fueron paulatinamente “normalizando” sus precios hasta equipararlos con el resto del mercado. Pero en la psicología del consumo yo veo el cartel de la carnicería X y lo asocio con carne barata y entro a comprar ahí aunque la carne la pago igual de cara que en todos lados. En fin, es un local de esta cadena de carnicerías X el escenario de la historia que sigue:

Un día de semana, por la tarde, me encuentro en el local comprando un poquito de mondiola (con m) para despuntar el vicio. Embolsado mi pedido me dirijo al sector fiambrería, que también tiene, y me pido un cuartito de queso de máquina, mientras una señora mayor realiza el trayecto inverso – esto es: de la fiambrería a la carnicería. Vouyer desde la cuna, pispeo que la viejita pide 2 (DOS) milanesas rebozadas de pollo y se dirige a la caja, donde nuestros caminos se encuentran. Mientras abono los magros 100 y pico de pesos de mi compra observo que la anciana mujer extrae de su bolso de compras una ziploc donde pululan con ostensible comodidad un par de cobres lustrosos y algún que otro mitre machucado. “¿Cuánto es?” pregunta la doña. La cajera le contesta, en otras palabras, que “Unos pesos más de lo que tiene, doña”. Ahorrando en giros dialécticos imprecisos y olvidables, ya que el lector de sobra imagina donde vamos, resumimos: la doña pide que le saquen una de las dos milas. Se la pesan. Tampoco alcanza. Un cristiano interviene. Consulta cuánto hay que poner. Faltan 25 pesos. Los pongo yo. Que no, joven. Que sí, doña. Que por favor, joven. Y acá viene la vaina: “Si la próxima no me lo vota a m*cri quedamos a mano, doña. Buen provecho”. La señora se encoge de hombros y mirándome con ojos de cachorro me pregunta “Y a quién voy a votar?”. Pues a quien gobernaba cuando le alcanzaba para las milas, doña, me quiero morir muerto!  

Lo quise gritar, pero callé. Me fui masticando la bronca y la angustia, intentando soltarla toda en el camino para no contaminar la casa de mi hijo, la cama de mi mujer, pensando que es urgente resolver este problema nuestro. Y que el problema no es la señora ni sus ojos de cachorro. No es la grieta ni la vergüenza de dejarse invitar dos milanesas. El problema es la insistencia de esta clase media devenida en media baja que se empecina en votar al que instrumentó los medios para que el mango no alcance para dos milanesas. El problema está en la cabeza, amigos. Está en todas nuestras cabezas, porque yo también, mal que me pese, sigo yendo a esa carnicería aún sabiendo que dejó de ser “la barata” hace rato.

 

Alejandro Di Paola

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