Malvinas: Murió Fabian

El 2 de Abril de 1982 quedará en la memoria del pueblo por el resto de sus días. Soldados argentinos desembarcaron en las Islas Malvinas para reclamar un territorio que jamás debió ser negado a nuestro país. Fue el último intento de un gobierno nefasto de emparentarse con el pueblo. Despertó en la mayoría un absurdo sentimiento de patriotismo. Cada uno de nosotros tiene un recuerdo inolvidable de aquellos días. Los caídos son los mártires de una historia que se repetirá por siempre. Aquellos que volvieron con vida continuaron con el oficio adquirido en la contienda bélica, son sobrevivientes.

 

– Murió Fabián.

– ¿Cómo? ¿Qué le pasó?

– No sé. Dicen algunos que lo apuñalaron, otros que fue la droga y otros que fue una gripe.

– Pobre Fabi, loco.

Más o menos así fue el corto diálogo que mantuve con mi cuñado cuando me informó que había fallecido un viejo amigo de mi antiguo trabajo. Mi cuñado supo ser mi jefe y el amigo en cuestión era un personaje del barrio. Nosotros trabajábamos en un puesto de diarios y los personajes del barrio son habitúes de esa parada inevitable.

Durante mi estadía en aquél laburo tuve varios amigos que luego se fueron perdiendo por el transcurrir del tiempo. Recuerdo tres principalmente: Un policía, un empleado del Banco Nación y Fabián. El policía estudiaba una carrera de ingeniería; por aquél entonces había incursionado en el CBC y él me daba clases de matemáticas gratuitas ahí mismo, en el puesto de diarios, mientras vigilaba la esquina (allí estaba el Banco) y yo vendía revistas.  El empleado del Banco Nación venía a comprar el Página 12 todos los días y se quedaba a hablar conmigo durante largos ratos sobre política y cuestiones sociales; fue la persona que me hizo descubrir que el único diario que había que doblar para que entre en el estante también era el único que decía cosas distintas y en el que escribían plumas destacadas con un tipo de conciencia en ocasiones distinta a la dominante. Fabián venía todos los días, no faltaba Domingos ni feriados, y en esos se quedaba más tiempo para que quien estaba a cargo del puesto no quedará expuesto a la insegura soledad de la calle; siempre parado con su gigante estampa, sin poder quedarse quieto como si tuviera Parkinson, acompañaba con los mates aunque mucho no le gustaran amargos y si faltaba algún día era porque la merca le había pasado una factura fuerte en serio.

Al irme del puesto hacia otro rumbo laboral seguí enterándome de todo lo que sucedía por aquellos pagos por intermedio de mi cuñado. Supe que el policía dejó la facultad y que poco a poco empezó a agarrar cometas de los camiones que necesitaban parar cinco minutos en lugares prohibidos para descargar mercadería en los negocios; cometas pavas, un desodorante, un pollo, un vino, cometas pavas con las que el sistema poco a poco comenzó a corromperlo. Supe que el empleado del Banco Nación logró su ansiado traslado a una sucursal de un pueblo más tranquilo y allá se trasladó con su familia a vivir el ideal de una vida relajada. Supe también que Fabián siempre seguía en la misma.

A medida que inevitablemente el tiempo va transcurriendo, las personas vamos evolucionando en nuestras vidas. Nos planteamos objetivos y, logrados o no, esos nos conllevan a trazar otros nuevos. Estos pueden ser de corto, mediano o largo plazo, según nuestros anhelos, nuestra realidad o nuestra suerte. La meta a lograr se encuentra en algún punto de la edad adulta y si en nuestro destino está alcanzarla tendremos nuestra anhelada realización, el pico de nuestras vidas. De allí en adelante irreprensiblemente la cosa será un declive anecdotario de ese instante. Un declive que no se expresará como caída constante sino que se vislumbrará como una llanura impalpable. No habrá luego más objetivos, no habrá qué escalar. Ciertas profesiones logran ese punto más alto a edades muy tempranas. Es el ejemplo de los jugadores de fútbol que luego de una plenitud profesional se encuentran siendo jubilados con treinta y pico de años. Aquél policía que intentó ser ingeniero vio caer su objetivo y avanzó sobre otros, aquél empleado del Banco Nación logró su cometido, el cual espero le esté tocando disfrutar, y Fabián, sin embargo, continuó su vida en la meseta en que lo supe conocer. Su pico más alto había sido alcanzado veinte años atrás. No lo buscó, no fue su realización, por el contrario, fue su tragedia. Fabián no fue jugador de fútbol, fue combatiente en la Guerra de Malvinas.

Fabi era una persona que no pasaba desapercibida. Estar con él significaba que acapararía todas las miradas. Medía más de un metro ochenta, lo que se sumaba a que era muy robusto. Cuando llegaba una persona, los ojos de la misma se posaban sobre él y su mirada a veces esquiva e indisimulable jamás lo mantenía ajeno: sonreía y saludaba. Solía parecer de buen humor. Estaba atento a todo lo que uno necesitaba. Además de hacerme compañía y cuidarme en la soledad de la calle, también se ofrecía para mandados tales como ir a conseguir monedas para el vuelto o comprarme algo para comer. A veces le tocaba hacer de campana si yo necesitaba apurar alguna necesidad básica en algún improvisado papagayo. Sin dudas que era parte del paisaje del barrio, como lo era el Banco, el subte, La Farola, el cine; pero no era un paisaje inerte, su sola presencia te transmitía el cariño que te tenía. Era mutuo aunque mi presencia dudo que le haya transmitido lo mismo.

Admito que en ciertas ocasiones era jodido tenerlo cerca. A veces estaba re loco. Por si algún despistado  no lo entiende aclaro lo que ya puse: por la merca. Fabi era adicto. Consumía cada vez que el bolsillo se lo permitía y como todo adicto lo hacía también cuando el bolsillo no lo permitía. Estaba inmerso en un mundo alterno a mi realidad visible que lo hacía codearse con tranzas y cuanta lacra hubiera dando vueltas. Tipos que se aprovechan de la gente que necesita conseguir eso que en realidad no debería necesitar. Sin embargo lo necesita. Más que la comida. Las drogas son el flagelo de una sociedad que es un flagelo por sí misma. Como seres sociales somos causa y consecuencia de una realidad histórica que nos golpea de diferentes formas. Dicha realidad azota con mayor fuerza a quienes encuentra más vulnerables.

Fabián, como muchos otros, comenzó su adicción a los pocos años de volver de la guerra. Jamás pudo reinsertarse en la sociedad. Su psiquis ya no estaba lista para un trabajo cotidiano, para una rutina diaria. La rutina somete a cada uno de nosotros en distintos momentos y parece ser una cárcel de la cual es imposible fugarse. Para quienes los recuerdos trágicos son insuperables e imborrables no es posible el simple transcurrir de los días. Para los ex combatientes no sólo no existió el reconocimiento a su regreso e incluso existió el reproche por haber perdido la guerra, tampoco hubo un plan de inserción social. No estaban listos para la guerra, ni ellos ni el ejército al que representaban ni el país que luego los “esperaba”.

Fabián vivía de una pensión del estado. Creo incluso que eran dos. Eso le alcanza para cobrar más o menos lo que yo cobraba como empleado en un puesto de diarios. Mi sueldo me alcanzaba para vivir tranquilo en ese momento. No me hubiera servido para mantener una familia. No obstante tenía una muy buena realidad laboral . De mis amigos era el de mejor pasar aunque eso sólo se debiera a que trabajaba para una persona de mi familia. Sin más, podía tener una visión de futuro. Tenía veinte años.  Los chicos que volvieron de Malvinas se encontraron con esa pensión para que sobrevivir el resto de sus vidas, en definitiva eso era lo que mejor habían sabido hacer en el Atlántico Sur. Fueron tratados como jubilados dentro de una sociedad que ve a los jubilados como descarte. Una muestra de ellos es que se los “benefició” con la obra social de los mismos.

A medida que los chicos volvieron de la guerra, fueron sus familias las que tuvieron que cobijarlos. Ninguna de ellas estaba preparada para ello, aunque lógicamente unas lograron hacerlo mejor que otras. Asimismo no todos volvieron de la guerra en las mismas condiciones. Para la propaganda oficial y para lavar las culpas del resto de los ciudadanos siempre encontramos alguna historia de un ex combatiente que superó todo y triunfó en la vida: formó familia, tuvo hijos, trabajos exitosos y hasta carreras universitarias. Son las excepciones que alimentan la fantasía de un mundo que sigue adelante con su cruel modo de vida basado en el individualismo, la imagen y el consumo. De la guerra muchos soldados no volvieron, otros volvieron con discapacidades físicas y todos sufrieron del estrés postraumático. Los caídos en la guerra ascienden a 649 personas. Sin embargo, ese frío número jamás se actualizó en los años siguientes al conflicto. Desde Junio del 82 al día de hoy, cerca de 350 ex combatientes decidieron quitarse la vida. No existen estadísticas oficiales al respecto, ni siquiera los grupos de ex combatientes saben cuántos se suicidaron dado que muchos de estos episodios fueron caratulados policial o judicialmente como accidentes o asesinatos. El sistema se encubre a sí mismo.

Fabián pudo formar su familia aunque luego no pudo mantenerla con él. Mantuvo su relación con su ex mujer durante muchos años en los que vivieron como pudieron. Tuvieron hijos que luego se criaron con la familia de ella. Los abuelos se hicieron cargo de sus nietos debido a la incapacidad visible de sus padres. La mamá de los chicos también era adicta. Además, económicamente no podían asumir ni siquiera los gastos básicos. La pérdida de sus hijos era el puñal que lo mataba día tras día, te describía él cuando se abría. Nada de Malvinas, ni de ingleses. Sobre eso hablaba poco. Lo hacía cuando le surgía en el momento menos esperado.

Esta es una característica de toda persona que estuvo en una guerra y que dicha experiencia le hace estragos por dentro. Nunca hablaba y cuando lo hacía había que dejarlo. Supongo que los psicólogos aprobarían esa actitud que me surgía tomar cuando me tocaba ser su interlocutor. Lo dejaba porque inevitablemente quería saber los pormenores de su experiencia y también porque él tampoco me daba muchas opciones. Quizás había estado parado al lado mío en silencio durante horas. Esa característica alimentaba nuestra amistad dado que los tipos lectores necesitamos de soledad o a lo sumo de una compañía silenciosa. Mientras estaba parado estaba en constante movimiento. Nunca se quedaba quieto. Algunos decían que era la abstinencia y otros que era porque estaba drogado. Conmigo estaba sobrio y drogado y siempre se movía. Sea lo que fuere lo que lo movilizaba, el tipo era sin dudas una pila de nervios. Y mientras más se movía, más cercana estaba la ruptura del silencio. Y en esas rupturas híper movedizas a veces surgía alguna historia de la guerra.

Dado que Fabi era muy grande y fuerte, en la guerra era el encargado de llevar las PAM (creo que así se les decía), pistolas ametralladoras. Esas que se colocan sobre una base y ahí quietas disparan un sinfín de tiros por segundo. También era el encargado de dispararla. Mató a muchos ingleses, seguro. Gurkas me corregiría él en este momento, “para mí no vi un puto inglés” me dijo varias veces. En un enfrentamiento con la ametralladora su regimiento se fue retirando poco a poco y a él lo dejaron cubriendo la retirada. No sé si se lo dijeron, o si sabía lo que estaba haciendo. Me narró que él tiraba y los bajaba. Que algo explotó cerca y que al despertar tenía un Gurka al lado y que lo mató con algo cortante. No puedo especificar con qué porque para mí ya era en cierto modo traumático escuchar repentinamente una narración semejante luego de quizás haber estado comentando la belleza de la figura de alguna vecina. Después de matar al soldado oponente escuchó como el resto del batallón enemigo se acercaba y se tapó con el cuerpo de un compañero que tenía cerca y haciéndose el muerto vivió. A las horas volvió con su regimiento. Mientras escribo esto las historias se me mezclan y no sé si lo que narré era un episodio o varios juntos. Él las contaba así y uno las armaba. Eso recuerdos eran el fiel reflejo de que su cabeza era un quilombo. Esa vivencia inigualable surgía de la nada. Cualquiera diría que tenía que largarlo, que le servía. Dentro de él quedaba lo cotidiano de los días trágicos, de los irrepetibles. El frío, el hambre, los muertos. Un tipo que conocí con más de cien kilos, cuando yo estaba naciendo en 1982, había llegado a pesar cincuenta kilos, había temblado con sus medias mojadas en una trinchera helada a temperaturas bajo cero y, en ese contexto, había tenido que defender su vida y la de sus compañeros, con fusiles que en ocasiones ni siquiera funcionaban.

Así como narraba eso, explicaba el resto de las cosas. Si alguien venía al puesto de diarios a preguntar algo, sobre dónde es una calle, o dónde para tal colectivo, respondía con un lujo de detalles que cuando la persona se iba no tenía ni puta idea de cómo armar los detalles para conocer la respuesta. Todos se iban con cara de no haber entendido nada. Sin embargo, él tenía la amabilidad de contestar. Yo como buen diariero si la pregunta no estaba antecedida de un buen saludo decía que no sabía. Siempre que las personas seguían su rumbo, Fabi se cagaba de risa y decía cosas como “no entendió nada”, “se va a perder este nabo” o “no va a llegar un carajo” y nos matábamos de risa. Jamás le escuché un mal modo con alguien. Tampoco le escuché un reproche a la sociedad. Cada tanto se quejaba por la miserable pensión y por los trámites inagotables para acceder a otra. Pero en algún punto de su inconsciente le habían instalado eso de que había estado cumpliendo su deber. Para él era normal el hecho de que un colectivero estuviera manejando el colectivo, un médico recetando algo para un resfrío y unos pibes de veinte años, cuanto mucho, se estuvieran baleando contra un ejército profesional. Los ingleses vinieron en su mayoría con los mencionados Gurkas, tipos extranjeros que luchaban por un sueldo y la ciudadanía inglesa. Unos matones con hambre que darían todo por cumplir su misión porque no tenían nada que perder como los que te muestra Hollywood. Pero entrenados y apoyados con toda la maquinaria de un ejército con cientos de años de historia, de una historia que los supo tener como imperio dominador del mundo. Detrás de nuestros pibes, que estaban cumpliendo un servicio militar obligatorio, se encontraba un ejército que sólo había levantado las armas contra su propio pueblo.

Para los tipos como Fabián no alcanzan las conmemoraciones. Obviamente para los caídos en la guerra tampoco. Oficialmente tenemos un feriado el dos de Abril. El día del desembarco argentino en las islas. Día nefasto si se puede especificar uno. El día que se ejecuta la decisión de un borracho apañada por un pueblo ciego. El día que se conmemora lo de Malvinas suele olvidarse que en realidad es el día de los veteranos y caídos en la guerra. La verdadera conmemoración será el día en que como pueblo recordemos a los caídos dándole dignidad a los sobrevivientes. La velocidad y la inmediatez de lo cotidiano deberían detenerse y postergarse para que la vida de ellos no pase inadvertida delante de todo el resto. Mientras tanto siguen siendo sólo simples banderas en los balcones que como cortinas tapan la indiferencia. Indiferencia que tenemos más allá de que todos tuvimos o tenemos la experiencia de haber conocido alguna persona que estuvo en la infame guerra. Con poco más de sesenta años, el héroe con el que me tocó toparme, murió antes de tiempo para su naturaleza humana pero luego de vivir jubilado como la lógica social indica.

No fue una puñalada, no fue la droga, ni fue la gripe. Fabi enfermó de muerte en Malvinas y no le tuvimos lista ninguna medicina, ni siquiera para paliar un poco el sufrimiento.

 

Sergio Delbreil

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