La salida del arte

 

Por más optimista que se pueda ser es muy difícil encontrar una salida digna ante el cerrojo que el sistema propone día a día. Escuchamos historias de líderes y luchadores que empeñaron sus vidas para dar de nuevo y ganar, pero las cartas siempre fueron las mismas. Por los siglos de los siglos el triunfo se vistió de poderoso y nos pintó la cara con ilusiones que pronto borraría con un zarpazo de violencia y status quo.

Pese a quien le pese la historia no es un jardín de rosas y nunca lo será. La tensión entre clases dificulta el parque de diversiones inventado por derechas de turno y la propuesta roja no conforma. La ruptura de ahora y para siempre por una vanguardia de diez tipos a los que nadie escucha es poco probable y desesperanza; vivimos hoy, la revolución es imposible.

Ante todo este caos de odios, intereses y confusiones, nuestra vida transcurre con la vorágine de la caña y la zanahoria. Correr la coneja ha sido siempre la actividad principal de todo ser que no pertenezca a la élite. Se la puede correr bien vestido, haraposo desde el piso de un cajero o en el box de una oficina, pero todos debemos salir a buscar el sustento. Podemos encarar la maratón con clase y elegancia, algún dejo de distinción, un plasma, el finde largo y el plan, pero la llegada de un telegrama nos deja en la misma atmósfera  del “para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero”. No ya, no ahora, pero si el régimen no nos vuelve a contratar, no entiende que somos buenos para esto o para lo otro, o que simplemente en este momento no le servimos, estamos muy cerca del ambulante. Un sueldo, dos tal vez.

Entonces si eso nos pasa, y nos pasa todo el tiempo, nos encontraremos frente al espejo preguntándonos ¿la vida es esta mierda?. Si tuviese la oportunidad de fundirme en ese vidrio, despegar y transformarme en reflejo, diría que sí, la vida es esta mierda. Siempre lucha y resistencia. Siempre sobrevivir, corriendo. Nunca relajación y armonía. Esa verdadera, homogénea y estable tranquilidad que no encuentra ocaso el lunes. Es una mierda porque nacimos en esta franja, el resorte, la base. Nacimos en el lugar del aguante, el que tiene que tirar. Necesitamos vendernos para comer y pensar. Siempre pensar, vendiendo brazos y tiempo, nunca sesos y corazón.

No es que no haya esperanzas, lo que no hay es tiempo. Porque las ilusiones necesitan tiempo, mucho más que una vida, la nuestra. Entonces nos apuramos y buscamos salidas, no totales, pero sí determinantes. De a poco vamos encontrando un lugar en donde el sistema llegó y organizó un poco, pero al no entender mantiene, observa y permite: El arte. Cualquier disciplina es bienvenida. La conexión debe ser la que más nos llene, pero ¿conectarnos a qué? ¿a quién?. La respuesta es simple y siempre es la misma, nos conectamos a nosotros. Y si no nos gusta la metáfora, usemos otra: encontramos, entendemos, paramos la pelota.

Así un día, post condena, trabajo, nos dirigimos hacia nuestro hogar. El lugar en el que cambian las reglas, las creamos nosotros, somos nosotros. Ingresamos y todo sigue igual, los platos sin lavar, la heladera grande pero inmóvil y dos o tres pilchas tiradas de días en que el ánimo no ayudó a juntar. No hay nada que indique un cambio de temperatura. Caminas, vas y venís, pones un disco. Deambulando por la casa sin sentido, en pocos minutos no lo ves venir, pero el estado emocional cambia. Los primeros acordes irrumpen la carga de jornal y poco a poco el odio va cambiando de color. La transformación en nostalgia no tarda en llegar. Los dolores y alegrías de una vida pasada que no garantiza un porvenir de placeres aparecen en cada estrofa. La inexplicable emoción sensorial nos hace olvidar momentáneamente los conflictos de rutina y levitamos en algodones de notas. El arte penetró nuestro escudo de amargura carcelaria y disolvió al lobo. Utilizó su estrategia más bella y simple: La música. Llegó en poco tiempo, de siete a diez, y en tan solo tres horas, luchó contra doce de un sistema continuo e inmundo y pudo ganar. No volveremos a ser los mismos, por lo menos hasta mañana a las siete. El arte fue la salida de hoy.

 

Ignacio Calza

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