El destino de la Volkswagen

Desde que tuve memoria muchas cosas pasaron en la camioneta Volkswagen de mi madre, sobre todo viajes inconclusos; el problema principal el motor antiguo del Volkswagen 64,  era casi imposible de reparar, solo un experto podía .No era solo un problema mecánico ni de su motor complicado. El cauce principal de estos viajes, se encontraba en sus pocas ganas de funcionar en rutas, avenidas o calles muy transitadas; podía recorrer km enteros en calles de tierras en muy mal estado,  sin que se le escuche un problema de motor , los pozos no le afectaban, parecía futurista, un motor del siglo XXI puesto en un chasis de la década del 60.

Tal vez su historia tan ligada a los jipis, y sus viajes legendarios que recorrían continentes enteros les traía mala espina, como si ella tendría que seguir algún destino impuesto. Se negaba; quería su propio camino, y eso lo iba a tener que pagar muy caro.

Allá por los 80 empezó a cambiar su suerte; fue vendida por sus dueños que habían dejado la vida del jipismo, para convertirse en exitosos vendedores de bienes raíces, ya la época no estaba para sueños era para realistas, o eso es lo que les hicieron creer. Casi fue una bendición cuando una mujer con hijos se les acerco para saber si la camioneta estaba en venta, su respuesta fue al instante y la transacción se realizó esa misma tarde- a míseros 90.000 australes -.

Ya en poder de Silvia solo se tuvo que bancar  que la utilicen de transporte escolar, pero no estaba mal, porque también recorría km buscando niños en sus casas, que generalmente estaban en barrios humildes y por su puesto sin asfalto. Su ronroneo en ese tiempo era de felicidad, esos eran los caminos que le fascinaban. Solo algunas cuadras y volvía a descansar, que era su mayor propósito en esta vida. Luego su trabajo mejoro, dejo de transportar niños y solo era ocupada por su dueña, hacían viajes a barrios que ni si quiera sabían lo que era un cordón de asfalto, y eso a ella la llenaba de felicidad, no porque no tuviera sentimientos, nada de eso, era solo por el hecho de su rebeldía constante en eludir pavimentos de cualquier ciudad. Todo empezaría a cambiar cuando mi familia comenzó a vacacionar; el primer viaje lo aguanto hasta el km 150, en ese mismo instante los cables de su motor se prendieron fuego. Su sabotaje le vino perfecto, ya que conoció la comodidad del remolque, algo que le trajo la mayor de las satisfacciones. Fueron 50 encantadores km, en el cual no hizo nada. Una vez que lo probo, no lo quiso dejar nunca, su adición era tal, que en ocasiones no salía del garaje hasta que tarde o temprano la llevaban al mecánico. Su conducta adictiva, creo yo, le quedaban de sus dueños anteriores que como buenos jipis fumaban marihuana hasta dormirse y consumían distintas drogas psicodélicas. Eso era lo que más le gustaba de sus ex dueños. No fueron 3 ni 4 los viajes que quiso realizar esta familia, sino más de 14, y en solo 2 llegaron a destino.

Después de veinte años mi madre tuvo que venderla, no la podía mantener más; sus repuestos caros y el mecánico le hacían imposible poder mantenerla, con mucho dolor se deshizo de ella, a míseros cinco mil pesos, que los puso  un joven jardinero extravagante. Tal vez creyó que por su trabajo iba a recorrer los caminos que tanto le gustaban, pero eso nunca lo sabré, porque por mucho tiempo no supe nada de ella.

De casualidad al pasar por un depósito de autos reconocí a la Camio-como la llamábamos-, lo confirme por su patente SR957, di un salto de la emoción y baje del bondi  de inmediato. Fui al encuentro de mi pasado con una sonrisa que se me desdibujaría con una frase. Consulte al único hombre que estaba en el depósito;

-¿Dónde iban esos autos? Pregunte.

El respondió casi con desprecio – Al matadero.

Fingí no entender-¿A dónde? Insistí

-A la compactadora, pibe, ya no sirven más.

Sentí como si alguien me quisiera arrebatar mis recuerdos, mi historia. Con ella los viajes eran imprevisibles, aunque muchas veces nos enojáramos por no llegar a tiempo a ningún lado,  pase los momentos más insólitos de mi vida; cuando nos dejó en el medio de un campo en la ruta 11 a las 10 de la noche sin nadie a quien llamar ni tampoco a nadie a quien recurrir. O esos 6 meses que caprichosamente dejo de frenar, por supuesto en avenidas y lo que es peor en bajadas, si no fuera por el oficio de la conductora, mi madre, muchas hubieran terminado en tragedias. En fin, estos recuerdos forman parte de mí,y esas palabras. “Al matadero” todavía suenan en mi cerebro.

Me consuela pensar que ella eligió su destino y fue un ejemplo para mi vida, pero tal vez lo que más me choca, es pensar que como las personas, los autos ,tampoco pueden elegir su final.

 

Juan José Romero

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